
Blade Runner, una película
de Ridley Scott
La ciencia ficción
ha sido desde sus orígenes un género ligado
a la serie B, que se exportó del cómic al cine
allá por los años 30. Tim Burton hizo popular
la figura de Ed Wood, el paradigma del director mediocre y
sin un duro que se las ingeniaba de cualquier manera para
crear un película infumable con ínfulas pseudocientíficas.
Fue, sin duda, la mejor interpretación de Johnny Depp,
que consiguió enternecer al espectador con las cuitas
de un realizador que, si bien tenía un talento innato
para sacar el máximo partido al escaso presupuesto
de que gozaban sus filmes, era del todo inconsciente de las
limitaciones de su ingenio.
Lo que pocos saben es que, en realidad,
la ciencia ficción nació para el celuloide pocos
años después de patentarse el cinematógrafo.
El pionero en estas lides fue el gran Georges
Méliès, un creador único que, cuando
los Lumière aún seguían dando a su invento
una función meramente documental, él ya era
consciente de su increíble potencial. En
el año 1902 rodó 'Viaje a la Luna',
una explosión de imaginación que retomaba la
línea trazada por Julio Verne. Años más
tarde dirigiría joyas tales como 'El Melómano'
o 'El Reino de las Hadas'. Ningún director –con
la única excepción de Kubrick–
ha cuidado tanto del resultado final de sus obras como él,
que tenía la costumbre de pintar los negativos para
dar una pátina de color a elementos tan llamativos
como el fuego o el agua.
En la década de los 20, Fritz
Lang alcanzó una de las cumbres de la ciencia
ficción con la conspicua 'Metrópolis'
(1926), una película cuya influencia a nivel artístico
ha llegado hasta nuestros días. El ambiente opresivo
de una ciudad con altos edificios y calles angostas, tan connatural
al expresionismo, se tomó prestado en filmes como 'Matrix'
o 'Dark City'. La importancia de 'Metrópolis' es tal
que hasta el momento tiene el mérito de ser la única
película declarada Patrimonio de la Humanidad por la
UNESCO. Está claro que en esa decisión pesó
no poco su mensaje marcadamente marxista y mesiánico.
Unos años más tarde,
y antes de embarcarse a EE.UU. ante el auge del III Reich
–Lang rechazó la proposición de Goebbels
de convertirse en el director del Instituto de la Cinematografía
del Nacionalsocialismo–, el genial director austriaco,
en colaboración una vez más con su esposa y
guionista Thea von Harbou, dejó para la posteridad
otra excelente película: 'La mujer en la Luna' (1929),
que es conocida, además de por su valor cinematográfico,
por haber sido la fuente de inspiración para la NASA
a la hora de hacer la cuenta atrás en el lanzamiento
de las naves espaciales. Estas películas tan megalómanas
nunca se habrían realizado sin el respaldo de la UFA
Films, la mayor productora por aquel entonces a nivel mundial,
y cobijo de todos los cineastas expresionistas curtidos en
el Teatro de Berlín de Max Reinhardt.
Sin olvidar 'La invasión
de los ladrones de cuerpos', de Don Siegel, no fue
hasta el año 1968 cuando se volvió a plantear
una película de ciencia ficción con más
aspiraciones que las de epatar a un público adolescente
ávido de marcianos y platillos volantes. Con '2001:
Una Odisea del Espacio' Kubrick reinventó el género,
dotándolo de una profundidad de la que carecía.
Por más que muchos se empeñen en ver en ella
una película huera y grandilocuente, '2001' es la conjunción
más notable que se ha producido nunca entre tres artes:
el cine, la literatura –con 'Así habló
Zaratustra', de Nietzsche– y la música –con
la pieza homónima de Richard Strauss–. Este filme
es más que una elipsis memorable; es mitología
del celuloide.
Kubrick había puesto el listón
muy alto en este género, pero hete aquí que
llegó Ridley Scott,
un director que sólo contaba en su haber con un filme
( 'Los Duelistas', basado en un relato de Joseph Conrad),
y en un período de tres años rodó dos
obras maestras: 'Alien, el octavo pasajero' (1979) y 'Blade
Runner' (1982). Es difícil encontrar en la biografía
de algún cineasta un despegue tan fulgurante como éste,
y también es difícil que a un inicio tan prometedor
le suceda una trayectoria entreverada de fracasos estrepitosos
( 'La tormenta blanca' , 'La teniente O´Neill' ), películas
menores ( '1492: La Conquista del Paraíso' , 'Hannibal'
) y películas que, pese a ser buenas, no están
a la alturas de sus primeras creaciones ( 'Thelma y Louise'
y 'Gladiator' ).
Ridley
Scott se definió a sí mismo como un mercenario
y, como tal, está al servicio del que más paga.
Su talento está fuera de toda duda, pero su desmedida
ansia pecuniaria ha sido un obstáculo para que su carrera
fuera más sólida. Toda película es un
producto, pues aspira a obtener unos beneficios, pero un director
debe jerarquizar sus intereses en función de sus ambiciones,
ya sean intelectuales, sociales o simplemente mercantiles.
Scott se decantó por esta última senda, y con
ello se echó a perder. No obstante, tiene un dominio
del medio audiovisual tan acendrado que aún sigue siendo
capaz de crear obras relevantes. Por si fuera poco, sus inquietudes
–y su bolsillo, que nunca le abandona– también
abarcan otros campos, como la publicidad, donde es un consumado
maestro. Basta ver el anuncio que ideó para la marca
Apple para darse cuenta de su prodigiosa imaginación.
Conmemorando el año en que se cumplía la apocalíptica
profecía lanzada por George Orwell, asestó un
duro golpe a Microsoft convirtiéndolo en el Gran Hermano
de la célebre fábula futurista '1984' .
'Blade Runner' es una adaptación
de la novela de Philip K. Dick
'¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?'.
Este escritor se ha hecho muy famoso en los últimos
tiempos, pues sus obras han servido de inspiración
a películas como 'Desafío Total' o la más
reciente 'Minority Report' . Pasa por ser uno de los autores
más destacados del género de ficción,
junto con Ray Bradbury y Aldous Huxley. Existe unanimidad
a la hora de designar a su primera novela citada como su mejor
creación. No es 'Fahrenheit 451', y tampoco contiene
las reflexiones filosóficas y el halo poético
de su adaptación, pero es una novela muy recomendable.
Si antes hablaba de la influencia
de 'Metrópolis', la de 'Blade Runner' no es menos notable.
Ridley Scott introdujo la novedad de fusionar dos géneros,
la ciencia ficción y el filme
noir, creando así un híbrido muy sugerente.
La
incorporación de la voz en off de Rick
Deckard dota al personaje de una introspección
psicológica que, a la postre, deviene el armazón
sobre el que se asienta el filme. Pero las huellas del cine
negro no se quedan aquí. El ambiente por el que se
mueven los personajes, la ciudad de Los Ángeles en
el año 2019, está impregnado de una neblina
mefítica producida por la lluvia ácida. En los
despachos predomina una oscuridad rasgada por los haces de
luz que penetran a través de los intersticios de las
persianas. Los ventiladores giran sus aspas con una cadencia
tan perezosa como los movimientos de los personajes. La gabardina
de anchas solapas es la indumentaria más repetida.
Los personajes tienen rostros inexpresivos –el visaje
que compone Harrison Ford no dista un ápice del de
Humphrey Bogart en 'El halcón maltés'
–.
Analizar la estética de 'Blade
Runner' daría para un capítulo aparte, pero
eso ya lo han hecho otros antes que yo, y considero que tiene
más interés discurrir sobre el significado de
sus imágenes. La clave para entender esta película
está en el ojo, en ese ojo que mira al espectador en
el arranque del filme y en cuyo iris se ven reflejados los
destellos luminosos de las explosiones que sacuden el cielo
macilento de la urbe. La importancia del ojo está subrayada
por la cantidad de veces que aparece en primer plano: el ojo
de los replicantes que se someten al test de Voight-Kampff
, el ojo del búho de Rachel, los ojos del fabricante
Chew, los ojos del Doctor Tyrell que Roy
Batty hunde en sus cuencas, los ojos de Pris que Batty
cierra en señal de dolor por su muerte, etc. 'Blade
Runner' es un tratado sobre la visión, en la línea
de la 'Dioptrique' de René Descartes. El ojo procesa
alrededor del 80% de la información de nuestro entorno.
El ojo es señal de vida, pues cuando se bajan los párpados,
o se está muerto o se está dormido –que
no es sino la forma de estar muerto en vida–. A los
replicantes se les escapa la vida, que es lo mismo que decir
que están perdiendo la vista. Roy Batty declama en
su epitafio:
He
visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves
en llamas más allá de Orión. He visto
rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser...
Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas
en la lluvia. Es hora de morir.
¿Hay
en la Historia del Cine una frase más profunda y que
a la vez resuma con tanta claridad el sentido de la película
en que se enmarca? Los ojos, que en el caso del Nexus
6 eran prestados, le sirvieron para acumular experiencias.
Por medio de ellos se sintió vivo, él que era
un replicante –en la novela se les conoce con el nombre
de andrillos–. Es de una belleza empírea
que una lágrima pueda arrebatarte la memoria, porque,
no lo olvidemos, el ojo está conectado al cerebro mediante
el nervio óptico, y el recuerdo y la memoria son nuestra
identidad. Sin recuerdos no somos nada. Un androide necesita
de vivencias, aunque sean espurias, como en el caso de Rachel.
¿Quién podría vivir sin un pasado? Resulta
terrorífico pensar que un día podemos despertarnos
y, de pronto, echar de ver que no sabemos quiénes somos.
Los replicantes coleccionaban fotografías –Deckard
era un replicante, eso huelga decirlo– porque les servían
para inventar historias acerca de su vida. Por otra parte,
todos tenemos la necesidad de trascender nuestra propia existencia
para dejar una huella indeleble en los que nos rodean; todos
necesitamos que, a nuestra muerte, se nos recuerde. Ése
es el origen de todas las relaciones humanas: la amistad,
el amor, el odio... Los sentimientos son los medios que tenemos
a nuestro alcance para lograr que las personas que nos sobrevivan
guarden un recuerdo de nosotros. Al final, todos viviremos
en los recuerdos de nuestros seres queridos, en su memoria
o en una fotografía ajada por el paso del tiempo.
'Blade Runner' es uno de esos extraños
casos en que un reparto no muy destacado se pone de acuerdo
para conseguir la interpretación de su vida. En este
sentido, mención aparte merece Rutger
Hauer, que nos impresionó a todos con su caracterización
del prócer Roy Batty. Su porte hiperbóreo y
majestuoso, con esa expresión de melancolía
y crueldad, nos ha brindado secuencias inmarcesibles como
cuando recita a William Blake o cuando salta el precipicio
que le separa de Deckard con una nívea paloma oprimida
al pecho, y cuyo vuelo en libertad simboliza la migración
de su alma y la liberación del detective. No
obstante, siempre se le recordará por su epitafio,
por esa célebre frase que todos los amantes del cine
conocen de memoria. Después de 'Blade Runner' trabajó
en un par de películas de una calidad aceptable: 'Los
señores del acero' y 'Lady Halcón'. A partir
de ahí, sólo ha intervenido en películas
de medio pelo o productos televisivos grises y adocenados.
Sean Young
ha tenido una trayectoria paralela. En su caso, ni siquiera
se puede decir que participara en ninguna película
digna.
Harrison
Ford ha sido el que ha tenido una carrera más
brillante, pero más por el nombre de las películas
en las que ha intervenido que por sus interpretaciones. Sin
lugar a dudas, Rick Deckard fue el personaje que marcó
su vida profesional.
No podía acabar esta crítica
–que más aparece un ensayo– sin hablar
de la música que acompaña a las imágenes.
Vangelis compuso
para 'Blade Runner' una de las mejores bandas sonoras de la
Historia del Cine. Nunca un saxofón sonó tan
bien como en el 'Love Theme' que se oye cuando Deckard está
sentado frente al piano con una mirada ausente. El 'End Title'
es famoso, entre otras cosas, porque sirvió a Informe
Semanal de sintonía. Vangelis y Scott volvieron a juntarse
unos años más tarde en '1492: La Conquista del
Paraíso' , y, una vez más, el compositor heleno
creó una obra sublime.
'Blade Runner' fue un estrepitoso
fracaso en su día. Los críticos la vapulearon
y el público le dio la espalda. Es el vivo ejemplo
de que lo valioso sólo es aceptado años después
de su estreno. Para quien esto firma, 'Blade Runner' es, sin
ningún género de dudas, una de las tres mejores
películas jamás realizadas.


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