
El hombre elefante, una película
de David Lynch
Hay un tipo de películas que,
por su emotividad, son capaces de ponerte un nudo en la garganta
y de hacerte llorar. A este género, que por lo demás
menudea, pertenece 'El hombre elefante',
del excelente realizador David
Lynch. Éste fue su segundo largometraje, y con
él dio un salto cualitativo tanto en medios disponibles
como en renombre de los actores a su servicio. Su primera
incursión en el cine –excepción hecha
de los cortometrajes 'The Alphabet', 'Six Men Getting Sick',
'The Amputee' y 'The Grandmother'– fue 'Cabeza
borradora', hipnotizante filme rodado con escaso
presupuesto y exuberante imaginación. En él
están contenidas todas las claves para entender su
ubérrimo universo conceptual. Con 'El hombre elefante'
Lynch se reveló como uno de los directores más
talentosos del momento. Fue una tarjeta de presentación
deslumbrante que pronto concitó el interés de
los productores más destacados. Uno de éstos
fue el avezado Dino de Laurentiis, que le
confió la adaptación de la popular novela de
ciencia ficción 'Dune', de Frank Herbert.
Todo el prestigio que había cosechado con su anterior
película lo dilapidó con ésta, que fue
un sonoro fracaso, más de público que de crítica.
Hoy en día 'Dune' está considerada como una
película de culto, pero en su momento le valió
el estigma de director peligroso para cualquier producción
de elevado presupuesto. Lynch
no levantaría cabeza hasta 'Terciopelo
azul', filme que le devolvía a sus raíces.
Aunque colaborase en el guión de las adaptaciones,
no se sentía a gusto con una historia que no era suya.
La reducción en el metraje que le impuso el draconiano
Dino de Laurentiis no sólo privó de sentido
a la megalómana 'Dune', sino que además le hizo
recapacitar sobre la idoneidad de volver a trabajar por encargo.
No ha vuelto a hacerlo desde entonces, para su bien y para
el de todos los que admiramos su genio.
Como he indicado más arriba,
'El hombre elefante' fue un encargo que Mel Brooks
hizo a David Lynch por mediación de su socio Stuart
Cornfeld, epatado tras la visión de 'Cabeza borradora'.
Es de justicia señalar en este punto que el primero
en descubrir el talento del director de Montana fue Stanley
Kubrick, que consiguió asistir a un pase de la singular
ópera prima en su reducido circuito de exhibición
y quedó fascinado. Llegó a decir que era la
mejor película que había visto. Como no podía
ser de otra manera, Lynch recibió estos elogios muy
complacido, tanto más por cuanto que procedían
de uno de los cineastas que más veneraba.
A pesar de ser una encomienda, la
temática que aborda 'El hombre elefante' es tan cercana
a las fantasías que pueblan el imaginario de Lynch
que casi puede considerarse un proyecto personal. En la elaboración
del guión participaron, además de él,
Eric Bergren y Christopher De Vore, y se piensa que hubo incluso
aportaciones apócrifas de Brooks, algo que no creo
que gustase en exceso al director. Su gestación a escote,
empero, no fue óbice para que el guión se tradujera
en unas imágenes de una crudeza sensible, si se me
permite el oxímoron. A tal efecto contribuyó,
obviamente, la espléndida fotografía en blanco
y negro de Freddie Francis, camarógrafo
que posteriormente volvió a trabajar a las órdenes
de Lynch en 'Dune' y 'Una historia verdadera'.
La recreación del Londres victoriano fue exquisita,
un trabajo de orfebrería sólo igualado por Coppola
en 'Drácula de Bram Stoker',
donde, eso sí, el lujo resplandecía como una
patena frente a la sordidez de una cloaca.
Siendo aún un principiante,
Lynch no estaba en situación de enfrentarse a la productora,
así que tuvo que transigir más de lo que le
hubiera gustado. Se encontró con numerosas dificultades
durante el rodaje que le atoraron y le sumieron en una depresión.
Tras varios atascos creativos, sopesó la posibilidad
de abandonarlo, pero al final se impuso su tesón y
sacó la película adelante. Su
trayectoria profesional estuvo pendiente de un hilo. Por fortuna,
superó ese bache. Puede que para un realizador de su
exigua experiencia una película como ésta fuera
un desafío prácticamente insuperable. Estoy
seguro de que cualquier otro en su lugar no habría
conseguido finalizar el rodaje o, en caso afirmativo, de enhebrar
una obra tan conseguida.
'El hombre elefante' es, quizá,
la película más triste que he visto, y lo que
ahonda la aflicción que produce su contemplación
es que John Merrick, el
ser deforme que causaba la repulsión e inflamaba el
morbo de cuantos le veían, existió de verdad.
Hace poco se ha descubierto que su nombre real era Joseph
Carey Merrick, y aunque inicialmente se pensó que la
extraña enfermedad que alteró de forma tan horrible
su anatomía era la neurofibromatosis, las teorías
más recientes apuntan a que pudo padecer un mal llamado
síndrome de Proteus. Por supuesto, el guión
aúna anécdotas verídicas con otras ficticias.
Algunos de los otros personajes que aparecen también
existieron, como el doctor Frederick Treves.
También es cierto que Merrick gozó de una gran
popularidad en su tiempo. Era poco menos que una leyenda,
pero ¿quién quiere para sí una fama adquirida
de esa manera? Otro episodio extraído de la realidad
es que recibió la visita de la princesa de Gales, y
que se le asignó una vivienda en el London Hospital.
Ahora bien, la mayor parte de los sucesos truculentos que
le sobrevienen en el filme forman parte del terreno de la
ficción. Para empezar, parece ser que la idea de exhibirse
como una atracción de feria partió de él,
ya que, dadas sus condiciones físicas, estaba incapacitado
para desempañar cualquier trabajo. Así las cosas,
no fue sometido a tantas sevicias y vejaciones como se ven
en la película, aunque bastante sufrió con tener
esa apariencia.
John Hurt
aceptó el reto de encarnar al hombre elefante –así
se le conoció en vida–, y cuajó una interpretación
soberbia. La exposición diaria a las abrasivas sesiones
de maquillaje debió de ser un tormento para él,
pero estas pejigueras le reportaron, a la postre, el papel
más importante de su carrera, que le valió el
reconocimiento unánime de la crítica. Aspectos
a destacar de su interpretación son, por un lado, la
manera de andar entre coja y gibosa a imitación de
un ser contrahecho, y, por otro, la peculiar pronunciación
nasal y gangosa, ya que Merrick estaba aquejado de una bronquitis
crónica. El doblaje al español es magnífico,
y el actor que puso la voz al hombre elefante merece mis felicitaciones.
En el capítulo de interpretaciones
también sobresale Anthony
Hopkins, en el papel del doctor Frederick Treves. Dota
de una gran humanidad al personaje, como se observa en la
secuencia en que ve por primera vez a Merrick, con las lágrimas
asomando a sus ojos. Es el primero que le trata con dignidad,
como a un ser humano, si bien desde la distancia que separa
al doctor del paciente. Siempre se dirige a él con
la fórmula del usted. Al principio su piedad se adultera
con un inconsciente deseo de asombrar a la comunidad científica
con su descubrimiento para así conseguir reputación
y prestigio. Aunque los medios que utiliza no son comparables
a los del inicuo Bytes –un excelente Freddie
Jones, bien
caracterizado con su barba hirsuta y su pelo híspido
de aladares entrecanos–, su “dueño”,
lo cierto es que comparte su fin, que no es otro que servirse
de él para obtener beneficios. Esta perversa teleología
le sume en profundas cavilaciones y le lleva a plantearse
si el beodo y cruel Bytes no estaba en lo cierto cuando le
acusó de ser como él. Desde el instante en que
reflexiona sobre la naturaleza de su relación con Merrick,
su lado humano y altruista prevalece sobre el interés
puramente médico.
Aunque a casi todos los espectadores
lo que más les conmueve es esa secuencia en la cual
el hombre elefante es perseguido y arrinconado por una jarca
de curiosos y morbosos –a mi entender, un sutil homenaje
a 'M.
El vampiro de Düsseldorf'–, en que, acezante
y derrengado, les exclama: “Yo
no soy un monstruo... Soy un ser humano... Soy un hombre”,
a mí lo que más me impresiona son las palabras
del doctor Treves antes de saber que puede hablar: “Es
un imbécil, un completo idiota. Roguemos a Dios que
así sea”. En verdad, la consciencia de
la propia monstruosidad es lo más horrible que alguien
puede llegar a sentir y, de esta manera, el malévolo
y avaro vigilante nocturno (Michael Elphnick),
espoleado por su ruindad, disfruta en compañía
de su improvisado circo poniéndole un espejo a Merrick
para que observe su rostro deforme y grite espantado. El desgraciado
hombre elefante pasa de una representación a otra:
empieza en una feria ambulante, luego es exhibido como una
curiosidad científica y más tarde vuelve a ser
mostrado como una atracción de barraca en el mismo
hospital. No llega a encontrar la calma que ansía.
Cuando
mejor se advierte que el aspecto exterior no es sinónimo
de catadura moral es en ese momento en que los dipsómanos
y las putas que han pagado la entrada al vigilante se arremolinan,
con sus muecas obscenas y sus palabras soeces, en torno al
desdichado objeto de contemplación. Si la cara fuera
un espejo del alma, estaríamos todos los días
en Carnaval.
Es curioso fijarse en la terminología que los diferentes personajes, especialmente los más desaprensivos, emplean para referirse a Merrick. Bytes le llama “fenómeno” (en inglés “freak”), término al que elide la partícula “de la naturaleza”. Está claro que en esta elección pesa su vinculación al mundo del espectáculo. El vigilante, en cambio, obvia cualquier circunloquio o eufemismo y le designa con el nombre de “monstruo”. Como bien le replica Treves, el monstruo es él, que es quien realmente tiene un trastorno de la conciencia, pues considera que no hay ningún mal en las humillaciones que le inflige al hombre elefante. Desde luego, su acto más infame en cuando le arroja una moneda después de haberle rociado de alcohol y de oprobio, en generosidad por las pingües ganancias de la noche. Cuesta creerlo, pero existen personas tan estragadas por la avaricia que han perdido los escrúpulos, y que son capaces de vender a su abuela por un plato de lentejas.
Sin embargo, no todos los personajes
con los que se cruza el hombre elefante son malvados. También
tiene la oportunidad de conocer a la Srta. Kendall –una
Anne Bancroft que derrocha empatía–,
eminente actriz de la escena londinense que pronto reconoce
la nobleza de alma que hay oculta tras esa apariencia tumefacta.
Ella es la artífice de que cumpla varios de sus sueños:
primero, recibir el beso de una mujer –pues Merrick
es un romántico y Kendall, que lo sabe, le regala y
recita con él unos pasajes de 'Romeo y Julieta'–,
y segundo, ser presentado oficialmente en sociedad al asistir
como invitado de honor a su última representación
teatral –esta vez él es un espectador más,
no el centro de todas las miradas–.
Bien pensado, la dicotomía
que se le presenta al hombre elefante es dramática:
se debatía entre ser expuesto a la mirada inquisitiva
y disuasoria de unos seres más inhumanos que él,
si es que se atrevía a mostrarse tal como era, o bien
resignarse a la soledad como único modo de preservar
la intimidad y evitar la humillación y el ridículo.
Queda claro que necesita relacionarse, conocer gente, y así
es como el doctor Treves decide dejar pasar visitas a su estancia
en el hospital. La
enfermera más veterana, con sensatez –pero olvidando
sus inicial reluctancia a acoger al desventurado en el centro
de salud, dándole por un caso perdido–, le afea
su conducta al doctor, ya que la gente que acude allí
–todos de clase social elevada– lo hace movida
por ver al “fenómeno”, que copa los titulares
de la prensa sensacionalista, para luego envanecerse delante
de sus amistades durante el té de sobremesa. Una vez
más, el hombre elefante se ve abocado a ser una atracción
de feria, pero sin feria. Te preguntas: ¿qué
es peor?, ¿que sientan repugnancia al verte y te miren
con ojos ávidos de curiosidad malsana o que sientan
conmiseración por ti y traten de impostar una amabilidad
en la cual cuesta mirar a los ojos del que es diferente? Eso
es precisamente lo que siente la mujer de Treves cuando su
marido le presenta a su paciente. No es reprochable, pues
se trata de un acto reflejo de un espíritu delicado
e impresionable, pero no por ello deja de ser doloroso para
quien lo sufre. Esa secuencia en la casa del doctor es magistral,
tal vez lo mejor de la película. El juego de miradas
y los visajes, en especial los de la Sra. Treves, son asombrosos.
Hay un momento que te impacta sobremanera: cuando Merrick
–que, como todo ser sensible, manifiesta interés
por los recuerdos y las fotografías– está
viendo los retratos de los familiares del matrimonio y les
pregunta dónde están sus hijos, tras un tenso
silencio, Frederick le responde que se han ido a casa de unos
amigos. Entonces, con inocencia y bonhomía, el hombre
elefante repite absorto y arrobado: “Unos
amigos...”. Casi con toda seguridad, porque no
es tonto, sabe que no están en casa porque sus padres
no quieren que le vean, pero él se porta como un caballero
y no percibe esto como una ofensa. Merrick representa la comprensión
y la estoicidad en su más alto grado. Nunca se queja
de su condición. Cuando le pregunta al doctor si puede
hacer algo para curar su enfermedad y éste le responde
con franqueza que no, asume la negativa con una entereza sobrenatural.
Su resignación, no obstante, no tiene nada que ver
con la falta de imaginación. El hombre elefante tiene
sus sueños, sus anhelos, el mayor de los cuales es
conocer a su madre, que lo abandonó recién
nacido y que sólo por eso no merecería ni una
sola de sus palabras, pero que él adora, de suerte
que su única pertenencia es el retrato de ella, que
aprieta contra su pecho y que esconde de las miradas ajenas
–esas miradas que horadan su fisonomía–.
Te provoca una inmensa tristeza cuando compara la belleza
de su madre con su deformidad. No se considera digno de ella,
y en su fuero interno es posible que explicase e incluso comprendiese
su abandono a causa de su fealdad. La Sra. Treves lo intuye
y por eso prorrumpe en sollozos.
La mano de David Lynch puede verse
en numerosas secuencias. La película está trufada
de marcas de autor: la cámara anfractuosa que se desliza
como un reptil por entre la cama donde reposa el hombre elefante
para introducirse en la ranura de la máscara que oculta
su deformidad, el ruido que producen las fábricas con
sus gigantescos motores de combustión, sus cañerías,
sus ventiladores, el traqueteo del tren que se oye de fondo
en el arranque del filme, cuando la madre de Merrick es derribada
por la trompa de un elefante, los vagidos del mismo paquidermo,
etc. El entorno fabril vuelve a estar presente en la misma
medida que en 'Cabeza borradora', y, al igual que en aquella
película, simboliza la amenaza, la catástrofe.
No hay que olvidar que Lynch otorga una gran importancia al
plano sonoro, y prueba de ello es que participó en
el diseño de sonido. Su obsesión por las fábricas
y por el sonido queda bien reflejado en la composición
musical que desarrolló en comandita con Angelo
Badalamenti: 'Sinfonía Industrial No. 1'.
La banda sonora corre a cargo de John
Morris. Sus notas musicales evocan lo misterioso
y lo fantástico, y se asemeja bastante a las composiciones
de Danny Elfman para las películas de Tim Burton –no
me cabe duda de que 'El hombre elefante' es uno de los filmes
de cabecera de Burton–.
Además de ese velado homenaje
a la película de Fritz Lang a la que me he referido
antes, 'El hombre elefante' contiene una referencia más
explícita a 'La parada de los monstruos'
(Freaks), el inolvidable canto a la rareza de Tod
Browning. Esto
se aprecia sobre todo en la secuencia en que los “fenómenos”
que acompañan a Merrick en la feria ambulante que viaja
por tierras francesas, un grupo de acondroplásicos
y un gigante, deciden liberar a su compañero de la
férula del borracho Bytes, embarcándolo con
dirección a Inglaterra. En ese momento te viene a la
memoria la famosa consigna de integración: “You
are one of us”.
No se me ocurre un final más
apropiado que el que tiene la película. Merrick muere,
pues estaba gravemente enfermo a causa de las palizas que
había recibido, pero cumple dos de sus sueños:
acabar la maqueta de la catedral –el plano detalle que
muestra el crucifijo de la torre anticipa su deceso–
y poder dormir estirado (decúbito supino) como una
persona normal. La pieza musical que suena en ese momento
es sublime: el 'Adagio for strings' de Samuel
Barber, que años más tarde usaría Oliver
Stone en 'Platoon',
también con excelentes resultados.
'El hombre elefante' estuvo nominada
a ocho estatuillas y no se llevó ninguna. La película
triunfadora de la ceremonia de 1980 fue 'Gente corriente',
de Robert Redford. Tras la gala, Mel Brooks, furibundo por
esta injusticia, declaró:
Dentro
de diez años ‘Gente corriente’ sólo
será una pregunta más en el juego del Trivial
Pursuit, mientras que ‘El hombre elefante’ será
un film que la gente seguirá viendo con interés.
Su predicción se cumplió.


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