
El sorteo de Navidad
Viendo las imágenes con que
cada año nos deleita la televisión a raíz
del sorteo del Gordo cabría preguntarse si el azar
está de lado del más tonto. Yo espero todos
los años con ansiedad a que llegue ese día inolvidable
en que los niños de San Ildefonso, antaño huérfanos
de progenitores, que no de dádivas y felicitaciones,
gorjean los números premiados con el soplo de un Zeus
glabro; mas esta espera no responde, como suele ser lo habitual,
a un anhelo depositado en un décimo de lotería
(pues yo no juego), sino, más bien, a un inconfesable
deseo de ver la clase de individuos que obtienen la justa
recompensa a su tesón y entrega (de la faltriquera,
se entiende). En este artículo pretendo hacer una clasificación
de tales sujetos, que son una representación a escala
reducida del carácter típicamente español,
o hispano, por eso de que no está bien cerrar las fronteras.
Algo que se repite cada año
sin excepción, con independencia de la cadena de televisión
que estemos viendo, es esa turba de orates gesticulantes que
hacen monerías profesando su devoción hacia
el décimo agraciado cual si depositaran exvotos en
una hornacina. Parece que cuando se reciben unas albricias
traducidas en un aumento de la cuenta corriente es de obligado
cumplimiento, so pena de ser tildado de aburrido y cantamañanas,
hacer el gilipollas de una forma harto ridícula (para
quien lo ve desde la sobriedad y el sentido común,
claro). Antes de ponerse a bailar como un sioux alrededor
del fuego sagrado, o como un enfermo aquejado de fiebres tifoideas
con retortijones estomacales, conviene, para que el circo
no se quede en casa, buscar ipso facto, con la velocidad del
Wendigo (para eso ayuda mucho el baile de San Vito), una cámara
de televisión (si es de una televisión nacional,
mejor) que muestre a todo el país (¡qué
digo país, mundo!) la explosión irrefrenable
de alegría que acompaña a tan grata noticia.
Se puede decir que el sorteo de Navidad es la única
ocasión en que el periodista no necesita salir a buscar
la noticia, ya que son los propios hechos noticiosos los que
se presentan ante él.
Una cámara de televisión
es para un ganador de lotería como una fusta para un
caballo: responde a su estímulo como impelido por un
resorte. Es común ver a una periodista (no me explico
por qué, pero por lo general suelen ser mujeres las
que cubren estos actos) delante de la cámara que espera
que le den la orden de hablar, y detrás de ella una
caterva de energúmenos pertrechados por todo tipo de
instrumentos ruidosos, como si se dispusieran a amedrentar
al enemigo y expugnar su fortaleza. Indefectiblemente, uno
de estos asaltantes sostiene un atabal de enormes dimensiones
(más o menos del tamaño del que aporrea el troll
que asedia Minas Tirith; eso sí que es un alarde, y
no el de Irún) . Eso nunca falla. No hay trápala
que no tenga una poderosa percusión detrás,
de la misma manera que no hay bodoque al que no le guste el
ruido. Como da la casualidad de que los premios suelen repartirse
a menudo por Levante, donde hay un inveterado culto al petardeo,
los concertistas son duchos en el arte de la fuga, por lo
que el yunque y el martillo trabajan como en una fundición
de Altos Hornos.
No hay celebración que no esté
acompañada de una o varias botellas de cava. Me imagino
que en Cataluña habrá empresas que se estén
haciendo de oro a costa del Gordo (no creo que noten mucho
las pérdidas derivadas del boicot de Madrid, consecuencia
directa de las boutades de ese alfaquí que es Carod
Rovira). Por definición, el tocado por la Fortuna es
desaseado y maloliente. Siempre se les ve descorchando una
botella para acto seguido ungirse la cabeza de líquido
espumoso. Uno piensa que quizá lo hagan para despejarse,
a causa de la conmoción inherente a tan impactante
nueva, o puede que sea una forma de bautizarse a la minoritaria
y poco accesible religión del peculio (y no pensaba
en la Cienciología, no). La indumentaria de estos sujetos
es digna de mención. Al verlos da la impresión
de que han salido de casa a todo correr con los borceguíes
y los gregüescos puestos, de lo mal vestidos. No faltan
los chándales desvaídos de puro viejos combinados
con camisas de vivos colores, probablemente adquiridos en
alguna tienda de souvenirs de Marbella, cuna de la elegancia.
El peinado también me llama la atención. Los
jóvenes que brincan como cervatillos sin perder de
vista la cámara lo llevan al modo “pastillero”;
es decir, para entendernos, como Andy y Lucas, esos vates
de la más excelsa poesía autóctona.
Las pocas frases inconexas que son
capaces de articular estos beodos “afortunados”
cuando el periodista de turno les pregunta cómo se
sienten (la pregunta de marras también es de juzgado
de guardia) no tienen desperdicio. Unos dicen que compraron
el décimo ganador gracias a su fina intuición,
como si el azar admitiera un componente de habilidad. La estupidez
discurre mucho para atribuirse méritos cuando no los
hay. También hay quien arguye que eligió el
número agraciado porque le parecía bonito o
bien feo, a gusto del consumidor, que la percepción
de la belleza no es igual para todos. Me pregunto qué
opinaría Pitágoras del aspecto físico
de los números, o si alguna vez organizó un
pase de modelos en alguna de sus teorías. Por último,
no falta el mastuerzo que declara sin rebozo que lleva veinticinco
años siendo fiel a tal número (tiempo más
que suficiente para cumplir las bodas de plata), cuando de
seguro que a su parienta le pone los cuernos siempre que puede.
De todo este guirigay callejero, lo
que más repulsión me produce es ese gatuperio
de seres anónimos e insignificantes que aprovechan
la ocasión de tener una cámara cerca para bailar
al ritmo que marca aquél que tiene el boleto de los
millones en sus manos. Son como parásitos que se pegan
a la piel del “afortunado” para mendigar una limosna.
Sorprende ver hasta dónde llega la miseria y la mezquindad
de la gente, lo que están dispuestos a hacer por un
mendrugo de pan. Puedo entender que los propietarios de los
bares donde se monta el jolgorio contribuyan a la jácara,
pues obtienen pingües beneficios gracias a las típicas
rondas que sufragan los, ahora sí, manirrotos y munificentes
ganadores, pero los que pasan por allí y se unen a
la fiesta tienen la dignidad más caída que las
tetas de Morgana después de que Merlín la hechizase.
Hace poco he visto en televisión,
al hilo de este hecho, que se ha publicado un libro que viene
a decir que el 90% de los “afortunados” con el
Gordo acaba endeudado al cabo de diez años. No me cabe
duda de que el 10% restante se corresponde con aquellos individuos
sensatos que eluden aparecer en televisión y hacer
el ridículo. Extrapolando, se podría decir que
ese mismo porcentaje vale para los que no nos sentimos identificados
con la España de la juerga y la pandereta. ¿Quién
es el afortunado aquí?


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