
Funny Games, una película
de Michael Haneke
Muchas son las películas que
han alimentado la polémica sobre hasta dónde
es ético mostrar la violencia en el cine, y muchos
son los directores que han buceado sin bombona de oxígeno
en las turbias profundidades del lado más oscuro de
la naturaleza humana. Michael Haneke es uno de ellos, y ‘Funny
Games’ es, en el conjunto de su obra, la película
que más controversia ha suscitado, aun por encima de
la ínclita ‘La Pianista’.
El director austriaco, uno de los
más provocadores de la cinematografía europea,
recogió para la ocasión el testigo de Kubrick,
que unas décadas antes había removido la conciencia
burguesa con ‘La naranja
mecánica’, así como de Sam Peckinpah,
que con ‘Perros de paja’ ya había reflejado
la brutalidad de una violencia que no haya más razón
que la simple diversión de una caterva de individuos
alienados.
En verdad, hay muchas coincidencias
entre ‘La naranja mecánica’ y ‘Funny
Games’. En primer lugar, los delincuentes visten de
un blanco impoluto, y el cabecilla asume un liderazgo cultural
que le lleva a expresarse de un modo refinado y a adoptar
unas maneras exquisitas, como ofrecerse a curarle la pierna
a la víctima después de haberle asestado un
tremendo golpe con un palo de golf. Esta cortesía
rayana en el paroxismo, en la que cada solicitud va acompañada
de un por favor, contrasta enormemente con la violencia
soterrada que se esconde tras la apariencia educada de los
agresores, empalagosa de tan solícita como es, creando
así un efecto muy perturbador en el espectador, que
al más pintado puede atacarle los nervios. A este efecto
contribuyen no poco los interminables planos fijos que Haneke
inserta para desesperación del espectador, pues, como
aquí se demuestra, un plano fijo de un hombre con la
pierna destrozada que desgarra el silencio de la noche con
un alarido estremecedor es mucho más desasosegante
que un montaje acelerado trufado de golpes de sonido. En el
fondo, es la misma idea que David Lynch plasmó de manera
magistral en el prólogo de ‘Terciopelo
Azul’: la maldad oculta tras una fachada de paz
y sosiego.
Los roles que adoptan los dos psicópatas
de ‘Funny Games’ también son similares
a los que se reparten Alex y sus drugos,
en una caracterización que empieza por su misma fisonomía.
Peter –también llamado Paul, pero al que a partir
de ahora llamaré sólo Peter–, el líder,
es alto y espigado, y es el que toma las decisiones más
importantes. De carácter extremadamente educado y sociable,
se permite hacer bromas pesadas a costa de su compañero,
y destaca por una desenvoltura en el trato y un donaire que
revelan una formación esmerada. Tom, su compañero,
es torpe y corpulento, y su sobrepeso es motivo de escarnio
por parte de Peter, cruel y agudo para ridiculizar sus defectos
físicos. Su carácter es, en apariencia, afable,
incluso se diría que bonachón, sometiéndose
dócilmente a las órdenes de su líder.
Peter y Tom son como los payasos
del circo, el listo y el tonto, y cada uno conoce e
interpreta muy bien su papel. Tanto es así, que continuamente
se cambian el uno al otro de nombre, siempre por el de parejas
cómicas: Tom y Jerry o Beavis and Butt-Head. Esto redunda
en su condición de arquetipos.
Otro punto en común con la
película de Kubrick es la interpelación
directa al espectador. En ‘La naranja mecánica’
Alex, como narrador que era, se dirigía a nosotros
para buscar nuestra comprensión y provocar nuestra
compasión ante los infortunios que le acaecían.
Asimismo, en aquel plano tan recordado en el que violaba a
la mujer del escritor para desesperación de éste,
miraba a cámara –es decir, al espectador–
solicitando su complicidad ante la fechoría que se
disponía a perpetrar. Así también el
avieso y burlón Peter guiña un ojo al espectador
cuando le da instrucciones a su rehén para encontrar
al perro, en uno de sus juegos
divertidos. De la misma manera, nos invita a participar
en su macabra apuesta para así ser cómplices
de sus iniquidades, pero al contrario que en ‘La naranja
mecánica’, aquí es imposible sentir siquiera
un asomo de simpatía por él, habida cuenta del
desprecio hacia la vida que transmite en todos y cada uno
de sus gestos.
La apertura de ‘Funny Games’
es esclarecedora sobre las intenciones del realizador. Una
familia burguesa se dirige en coche, con el velero en el remolque,
hacia su casa de veraneo, junto al lago. Los padres juegan
a adivinar qué canción suena en el reproductor,
poniendo siempre piezas de música clásica, en
un estereotipo de lo que se supone que es la cultura burguesa.
La alteración de la normalidad
llega cuando deja de sonar Händel para irrumpir, como
música extradiegética, los estruendosos acordes
de John Zorn, un grupo de trash-punk. Con esa disonancia Haneke
nos da a entender que un elemento perturbador se va a introducir
en la vida de esa familia tan pacífica y edulcorada,
sacudiendo sus cimientos.
Haneke opta, con buen juicio crítico,
por no mostrar la violencia en campo, de modo que no se puede
hablar de ‘Funny Games’ como de una película
sangrienta. Ello, empero, no es óbice para que se trate
de una obra especialmente violenta, ya que durante todo el
metraje te mantiene en una constante tensión limítrofe
con la exasperación, puesto que en todo momento tienes
la certeza de que algo malo va a ocurrir. Por supuesto, el
hecho de que las interpretaciones se muevan entre el drama
y la comedia tampoco lo hace más soportable.
‘Funny Games’ tiene otros
puntos de interés además del significado –o
de la ausencia de significado– de la violencia. Es una
película que desafía las convenciones
cinematográficas y de género. En el momento
más inspirado del filme, Peter coge el mando del televisor
y rebobina lo que acaba de suceder, como si la película
fuera una cinta de vídeo –y, en verdad, no es
otra cosa que eso–, ya que no se amolda a su gusto.
Ésta es, sin duda, una de las ocasiones en que más
claramente se ha manifestado el Deus
ex machina en una pantalla de cine, y también
una de las situaciones más desesperantes para cualquier
espectador, porque desde ese instante sabes algo que ya sospechabas:
que van a ganar los malos.
Pero ésta no es la única vez en que aparece
esta figura clásica de la tragedia griega; antes bien,
lo hace a lo largo de toda la película: bien en los
palos de golf que pierden su naturaleza de objetos lúdicos
por el de objetos contundentes, bien en el cuchillo que el
autor nos enseña con descaro infundiéndonos
la inútil esperanza de que más adelante servirá
para restablecer el orden y para hacer un poco de justicia
–poética–.
La crueldad de Haneke, como autor
que tortura a sus personajes sin piedad y sin dejar un pequeño
resquicio a la esperanza, sólo es comparable a la del
marqués de Sade con la desdichada Justine. El autor,
como sus personajes, juega con
el espectador, manipulándole, bien es verdad,
pero siempre lo hace apelando a su inteligencia, no subestimándole,
sino buscando una reacción que en no pocos casos es
de verdadero rechazo.
En una decisión que sólo
se puede juzgar de equivocada, Haneke ha dirigido un innecesario
remake de su propia película
en Hollywood, con Naomi
Watts y Tim Roth como cabezas de cartel. Para un autor no
tiene ningún sentido volver a hacer una obra que además
ya es lo suficientemente buena tal como está; ningún
sentido aparte del pecuniario, se entiende. Sólo cabe
esperar que al ceder al imperativo económico no emborrone
el original.
Según Michael Haneke, 'Funny
Games' es una crítica
a las películas que hacen de la violencia un espectáculo,
así como a los espectadores que disfrutan con este
tipo de películas, pero a veces no queda tan clara
la línea divisoria entre unas y otras. Y menos clara
queda aún después de hacer un remake
de su película, el cual, según se observa en
el tráiler, es un calco plano por plano del original.
Con una excusa tan banal como pedir
unos huevos se desencadena todo el mal; un mal que, para más
inri, nunca se acaba, ya que esta pareja de malhechores son
como una carcoma que se extiende de una familia a otra, horadando
sus vidas. Al espectador le cuesta comprender esta violencia
gratuita y sin sentido, y más cuando quien la ejerce
no es alguien que repele a primera vista por su aspecto temible
y huraño, sino, muy al contrario, son unos individuos
pulcros, aseados y con buenos modales, unos tipos que bien
podrían ser nuestros vecinos.


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