
'In the mood for love' y '2046',
la música en el cine de Wong Kar-wai
Hace un lustro, un director ignoto
para la mayoría de amantes del cine sorprendió
a propios y extraños con una película de una
belleza inusual: ‘In the
mood for love’. El año pasado nos volvió
a deleitar con otra maravilla: ‘2046’,
afluente que abrevaba en el ubérrimo hontanar que había
creado cinco años antes. Pocas veces nos es dado asistir
a una mirífica combinación entre imagen y música
como en el caso de las citadas películas del extraordinario
cineasta chino Wong Kar-wai.
Uno piensa que Kant debió de sentir unos transportes
similares a los que provoca la contemplación de estas
dos preseas cinematográficas cuando enunció
su principio del placer extático. No en vano, un alma
sensible sale del cine desorientada ante semejante aprehensión
de belleza, y aunque en el exterior brille el sol, más
parece que aún tengamos la vista nublada por la oscuridad
de la sala de exhibición; tal es la ofuscación
que experimentamos durante los minutos posteriores a su visión.
Esta
orgía de los sentidos obedece a la búsqueda
del eterno femenino goethiano emprendida por Wong Kar-wai
desde que ligara amor y memoria en la imperecedera ‘In
the mood for love’. Su título era un presagio
del peso que tendría la música en la narración.
Como confesara el director tras su estreno, con el epígrafe
quería brindar un homenaje a la canción homónima
de Bryan Ferry que, curiosamente, no forma
parte de su banda sonora –pero que sí se podía
escuchar en el tráiler–. Se trata de una sensual
melodía de ritmos orientales que encaja a la perfección
con la pasión contenida que se desprende de cada gesto
de sus protagonistas.
Lo que más se recuerda de ‘Deseando
amar’, que es como se tradujo al castellano,
es la arrolladora presencia de boleros. Esto, que podría
resultarle chocante a un espectador profano, tiene su explicación:
en el Hong Kong de los años 60, que es la época
en que se desarrolla la acción, los boleros de Nat
King Cole sonaban con fuerza. Wong Kar-wai nació
en Shangai, pero a la edad de cinco años su familia
se trasladó a la antigua colonia británica,
la ciudad china más aperturista. Su madre oía
en la radio y tarareaba las melancólicas canciones
de Cole –ni el uno ni la otra las entendían,
pero aun así las sentían, que es lo que consigue
la buena música–, de suerte que Wong Kar-Wai
ungió ese recuerdo con un barniz indeleble. Las esperas
de Chow Mo-Wan (un magnífico Tony Leung)
en el restaurante, con el cigarrillo entre los dedos y las
volutas de humo nimbando su cabeza, discurren a ritmo de ‘Quizás,
quizás, quizás’. El bolero de
Oswaldo Farrés dota de una emoción inefable
a los encuentros furtivos de la pareja burlada y al mismo
tiempo adúltera, citas que rezuman ansiedad y recato
a partes iguales. Aunque Maggie Cheung no tenga los ojos glaucos,
al oír ‘Aquellos ojos verdes’
no te cuesta imaginar que Mo-Wan está requebrando a
Su Li-Zhen por medio de sus miradas lánguidas y serenas.
La terna de boleros la completa ‘Te quiero dijiste’,
otra emocionante canción que resplandece en la voz
de Nat King Cole.
En ‘2046’ vuelve a estar
presente el solista de Alabama, sólo que en esta ocasión
la pieza elegida por el director no es un bolero, sino ‘The
Christmas Song’, una canción tierna y cándida
que contrasta deliberadamente con la máscara de cinismo
impostada por Mo-Wan. No obstante, podemos escuchar dos boleros
eximios: ‘Siboney’, cantando
por Connie Francis, y ‘Perfidia’,
en la versión instrumental de Xavier
Cugat. El primero de ellos, obra de Xiomara Alfaro
y popularizado por Ernesto Lecuona, imprime de una pátina
de hermosura a la de por sí bella Zhang Ziyi.
Todas las actrices cimbrean sus caderas como si oyeran la
música, hasta tal extremo alcanza la maestría
de Wong Kar-wai para orquestar un conjunto armónico.
Es un efecto similar al logrado por Kubrick en ‘2001:
Una odisea del espacio’ con las naves gravitando
en derredor de la órbita terrestre y el ‘Danubio
Azul’ de Johann Strauss oyéndose de fondo, sólo
que en este caso se sustituye la frialdad de la atmósfera
cero por la calidez de la respiración humana.
Además
de los boleros, hay un elemento común denominador entre
ambos filmes: la música de Shigeru
Umebayashi. El compositor japonés, que está
tocado por el numen, ha demostrado que su decisión
de abandonar su grupo de rock, Ex, en favor de las bandas
sonoras, fue un acierto pleno. Antes de participar en ‘In
the mood for love’ había trabajado en películas
poco conocidas aquí como ‘And Then’, de
Morita Yoshimitsu, y ‘All under the Moon’, de
Sai Yoichi. No fue hasta que aceptó la invitación
de Wong Kar-wai que su nombre empezó a ser reconocido,
y ello a pesar de aportar una sola melodía, pero qué
melodía. Me refiero a ‘Yumeji´s
Theme’, una especie de vals oriental que acompaña
los contoneos de Maggie Cheung en las angostas
escaleras donde siempre se topa con Tony Leung.
Su colaboración en ‘2046’
ha sido más prolija. Él ha sido el encargado
de componer el ‘Main Theme’,
que se deja sentir especialmente en los títulos de
crédito, tanto iniciales como finales; unos créditos
en forma de caracteres chinos que nada tienen que enviar a
los del mejor Saul Bass. Este tema principal contiene dos
variaciones: una con percusión y otra en versión
rumba. Ambas son deliciosas. Menos vibrante y más elegante
que el ‘Main Theme’ es la ‘Polonaise’,
una de las joyas de esta banda sonora. De Umebayashi son también
los dos ‘Interludios’ y otras
dos piezas de un corte más misterioso: ‘Lost’
y ‘Long Journey’. Zhang Yimou
ha contado con él para su última película:
‘La casa de las dagas voladoras’.
Lo único que se echa en falta
en la banda sonora de ‘2046’ son las partituras
de Michael Galasso,
autor de la excelsa ‘Angkor Wat Theme’,
la melodía que sonaba en los planos finales de ‘Deseando
amar’, cuando Chow Mo-Wan iba al templo y confesaba
el secreto de su amor al agujero, que acto seguido taponaba.
Galasso compuso una las piezas más bonitas tocadas
al violín que yo haya oído, que me recuerda
mucho al ‘Ständchen’ de Schubert. Es una
lástima que este compositor no se prodigue en el cine,
prefiriendo trabajar en obras de teatro.
La diferencia más notable entre
una y otra película es la ausencia de canciones tradicionales
chinas en ‘2046’, que, sin embargo, en ‘In
the mood for love’ tenían gran peso. Es bien
sabido que Wong Kar-wai es un gran conocedor del acervo musical
europeo, que ha mamado desde su infancia. Empero, más
que a una progresiva occidentalización, yo atribuiría
este hecho a que en ‘2046’ no hay ninguna familia
sólida y unida que tremole la herencia cultural de
su nación, algo que sí ocurría en ‘Deseando
amar’.
La banda sonora de ‘2046’
contiene abundantes homenajes cinematográficos. Es
palmario que el director quiso hablar de películas
que le han marcado a través de la música, y
de paso hizo una exhibición de cultura. Para los momentos
románticos eligió ‘Julien et Barbara’,
un tema compuesto por Georges
Delerue para la banda sonora de ‘Vivamente el domingo’,
la última película de François Truffaut.
Los desvelos de Mo-Wan y su búsqueda de la inspiración
vienen precedidos por dos melodías de Peer
Raben, el que fuera colaborador de Rainer Werner
Fassbinder. Se trata de ‘Dark Chariot’
y de ‘Sisyphos at work’, título
este último que bien podría aludir a la carga
sobrehumana que soporta el protagonista en su búsqueda
del ideal femenino.
Una de las piezas que más suena
en ‘2046’ y que más te estremece es el
‘Adagio’ del dúo noruego
Secret Garden, especialmente presente en
la travesía del misterioso tren futurista surgido del
magín del escéptico Mo-Wan. Es de naturaleza
tan manierista como los decorados, de un color que remeda
a las flores del sándalo rojo.
Otro cantante y actor de la época
que estaba en boga era Dean Martin, del que
se incluye su interpretación de ‘Sway’,
original de Pablo Beltrán Ruiz.
Por último, la nota clásica
la pone el aria de ‘Casta Diva’
de la ópera ‘Norma’, de Vincenzo
Bellini, que es la única música diégetica
de todo el repertorio. Se oye en las secuencias del Oriental
Hotel, y sorprende un poco que el director le dé un
uso tan pedestre en la historia como el de sofocar las discusiones
entre padre e hija. Es una concesión al humor que se
le tolera, pues la belleza de ‘Casta Diva’ prevalece
sobre cualquier otra consideración.
Como epílogo de este artículo,
sólo me queda recomendar estas dos obras maestras a
quien aún no las haya visto. Os aseguro que hay pocas
maneras mejores de invertir el tiempo. Corriendo el riesgo
de caer en el ditirambo, concluiré diciendo que ‘In
the mood for love’ y ‘2046’ son tan etéreas
y exquisitas como el soplo del Céfiro.


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