
La fuente de la vida, una película
de Darren Aronofsky
Algunos que se hacen llamar amantes
del cine se aferran con obstinación a la caduca idea
de que ya no se hacen películas como las de antes,
como si la única manera de hacer buenas películas
fuera a imitación de las antiguas. Si bien es cierto
que con más frecuencia de la deseable se abusa de la
infografía digital, no menos cierto es que esta herramienta,
sabiamente utilizada, puede convertirse en un firme aliado
de la calidad, sin menoscabo de otros elementos más
tradicionales como el guión. Tal es el caso de ‘La
fuente de la vida’ –aunque aquí
los efectos especiales están hechos mediante reacciones
químicas de microorganismos–, la última
obra de Darren Aronofsky,
una película que, por la naturaleza misma de la historia
que narra, no habría podido ser realizada tiempo atrás;
más aún, es improbable que una idea así
se hubiese gestado en la mente de algún director cuando
el modelo a seguir era el cine de estudios, y fuera de ese
acotado espacio no había margen para la creación.
Desde que diera el salto al largometraje
en 1998 con la laberíntica, sugerente y por momentos
ampulosa ‘Pi, fe en el caos’,
quedó demostrado que Darren Aronofsky no era un director
a la carta, y que tenía un imaginario poderoso y una
forma de hacer cine lejos de todo convencionalismo, características
que le valieron las comparaciones con autores tan personales
e insobornables como David Lynch.
Esta temprana exhibición de talento, aún en
agraz, merecía un seguimiento con vistas a comprobar
si iba en aumento o si, por el contrario, como tantas veces
ocurre cuando convergen juventud y osadía, declinaba
y adoptaba manifestaciones espurias cual pompas de jabón.
Su siguiente película, ‘Réquiem
por un sueño’, de 2000, fue la confirmación
de que Aronofsky era más que una promesa; era ya toda
una realidad. Nunca antes el descenso al infierno de las drogas
había sido retratado de forma tan obsesiva y visceral,
con un lenguaje cinematográfico iterativo, sostenido
en el montaje y en la música, que se plegaba perfectamente
a una historia de excesos, demencia y distonía. Aronofsky
también demostraba su pericia en la dirección
de actores, sacando una gran interpretación del, por
otra parte, anodino Jared Leto, y de la más avezada
Jennifer Connelly. Asimismo, fue la primera de sus colaboraciones
con la madura Ellen Burstyn, a quien sacó del ostracismo
en el que se encontraba y que ganó la Espiga de Oro
en la Seminci merced a la interpretación de una madre
afligida por la soledad, el sobrepeso y las vanas ilusiones
de una popularidad catódica típicamente americana.
Y así llegó ‘La
fuente de la vida’ –‘The
Fountain’, en original, título al que
algún voluble trujamán tuvo la genial
ocurrencia de añadir una prescindible coletilla–,
la que es sin duda su obra maestra. La génesis
–no podría decirlo con otras palabras–
de ‘La fuente de la vida’ es el mejor indicador
del significado que para Aronofsky entraña esta película.
En un principio, su rodaje estaba previsto para el 2002, con
Brad Pitt y Cate Blanchett en los papeles protagonistas, pero
dos semanas antes de empezar a rodar, con los escenarios ya
construidos, el marido de Angelina Jolie, en una decisión
que dice poco de su inteligencia, se desvinculó del
proyecto aduciendo discrepancias con el guión; abandono
éste al que le sucedió poco después el
de la que iba a ser su compañera de reparto –dicen
que las ratas son las primeras en abandonar el barco–.
Con estas sensibles bajas, la Warner suspendió el proyecto
y Aronofsky se quedó compuesto y sin novia. Consciente
de la importancia de la historia que tenía entre manos,
en los sucesivos años no cejó en su empeño
de sacarla a flote, aun a riesgo de renunciar a las golosas
ofertas que le llegaban, como la de dirigir ‘Batman
Begins’, de la que finalmente se hizo cargo el no menos
talentoso Christopher Nolan. Tras años de infructuosas
negociaciones con unos productores ciegos ante el valioso
material que se les ofrecía, Aronofsky estuvo a punto
de capitular, no hallando salida a su sueño, y de este
modo, para que no se perdiera su guión en algún
cajón oscuro de la memoria, decidió publicarlo
en forma de novela gráfica, con la ayuda del ilustrador
Kent Williams. El cómic en cuestión
también lleva por título ‘The Fountain’
(ed. Vértigo), y en España fue publicado por
la editorial Planeta DeAgostini en 2006.
Por suerte, ese mismo año la
Fox asumió la producción de la película,
con una rebaja sustancial del presupuesto previsto inicialmente
–100 millones de dólares– y una reelaboración
del guión primigenio, algo que sin duda influyó
en el recorte del metraje. En esta ocasión, los papeles
fueron a parar a manos de Hugh
Jackman y Rachel
Weisz, a la sazón
convertida en señora Aronofsky tras el rodaje. Con
el resultado a la vista, los cambios en el capítulo
interpretativo no pudieron haber sido más acertados,
pues cuesta creer que el rígido e inexpresivo Brad
Pitt hubiera podido componer una actuación tan intensa
y sentida como la de Hugh Jackman, que desde ‘El prestigio.
El truco final’, del citado Nolan, viene demostrando
unas dotes interpretativas para el drama impensables en un
actor que se dio a conocer como el rudo Lobezno, de los ‘X-Men’.
La presentación oficial de
‘La fuente de la vida’ tuvo lugar en el, a priori,
marco incomparable del Festival de Venecia. Sin embargo, lo
que se presumía como una deslumbrante puesta de largo
se trocó en una atronadora salva de pataleos y abucheos
de unos críticos a los que se les supone un saber estar,
pero que, a la hora de la verdad, poco distan de los enfervorecidos
hinchas que ensucian con su grosería los estadios de
fútbol. El embotamiento de la sensibilidad es un mal
tan extendido que, no ya sólo afecta a la masa del
público más consumista, sino que también,
y lo que es más preocupante, alcanza a los que hacen
del cine y de la recensión su medio de vida.
A poco que uno reflexione sobre las
causas de esta animosidad se percatará de que existe
una soterrada voluntad urdida por la canalla para vituperar
toda aquella manifestación artística que tenga
un afán de trascendencia, con el oscuro propósito
de igualar todo en mediocridad; y esto no es algo exclusivo
del cine, sino que afecta a todas las artes por igual. Podría
exponer aquí cientos de ejemplos que corroboran esta
teoría, pero baste con citar uno próximo: ‘El
nuevo mundo’, de Terrence Malick, otra película
sensible dirigida a una minoría de espíritus
elevados, que, como no podía ser de otra manera, fue
duramente atacada por la incapacidad de muchos de profundizar
en ella. Cada vez que se estrena una película profunda
indefectiblemente se la tacha de pretenciosa, arrojando sobre
ella la peor de las injurias. Si a la profundidad añadimos
un acabado de gran belleza y plasticidad, entonces
la diatriba será más despiadada, pues el esteticismo
es el rasgo más detestado –y, por regla general,
estos sofistas siempre sostendrán la falacia de que
una bella forma oculta un pobre fondo–. Kubrick cargó
toda su vida con ese sambenito, y sólo por preocuparse
de estudiar la naturaleza del hombre, y aún hoy hay
voces –desautorizadas por su misma vehemencia–
que alzan su voz contra ‘2001:
Una Odisea del Espacio’, con la que muchos se han
empeñado en comparar ‘La fuente de la vida’,
buscando más afinidades de las que realmente hay. Así
pues, la conjura de los necios es algo más que el título
de una novela.
No obstante, Aronofsky pudo resarcirse
de la oprobiosa acogida que le dispensaron en Venecia –algo
que, por otra parte, creo que le provocó la sonrisa
de superioridad de todo aquel que sabe dónde se mete–
acudiendo poco después al Festival de Cine Fantástico
y de Terror de Sitges, donde recibió las felicitaciones
de un público con una mentalidad abierta y más
acostumbrado a propuestas experimentales. Para no llevar a
engaño, allí quiso dejar claro que
’La
fuente de la vida’ no se parece a nada de lo que haya
hecho antes, y puede que los fans de ‘Pi’ y ‘Réquiem
por un sueño’ se sientan defraudados.
En verdad, ‘La fuente de la
vida’ está muy alejada temáticamente de
las dos anteriores películas de Darren Aronofsky, que
en ningún caso pretenden indagar en el significado
de la existencia, más que como una combinación
numérica del Sefirot
hebreo –‘Pi’– o como un salto al vacío
a través de la evanescente ilusión de las drogas
– ‘Réquiem por un sueño’–.
‘La fuente de la vida’ no renuncia al misticismo
de ‘Pi’, pero se acerca a él desde una
óptica más diáfana y sincera que la Cábala.
Lo hace por medio de una experiencia por todos compartida:
la muerte, con sus implicaciones metafísicas y la complejidad
de asumirla como una fase inevitable dentro del ciclo de la
vida. ‘La fuente de la vida’ ha sido definida
como un “poema sobre la muerte”,
y dicha definición no le es ajena. Utilizando una metáfora
extraída de la propia película, podría
decirse que es un árbol enraizado en dos ideas presentes
en el guión: “la muerte
como acto de creación” y “la
muerte es el camino a lo reverencial”, ideas
ambas tomadas de diferentes religiones, como la cristiana,
la maya y la budista, con un denominador común: la
palingenesia o metempsicosis, plasmado de forma brillante
en el inframundo de los mayas: Xibalbá, el lugar al
que van a parar las almas de los muertos para reencarnarse.
En la cama del hospital, cuando es
consciente de la inevitabilidad de la muerte, Izzi le cuenta
entre lágrimas a Tommy, que aún se resiste a
aceptar lo que a la fuerza ha de ocurrir, la historia del
padre de Moses Morales, su guía espiritual: que junto
a su tumba plantó una semilla, que de esta semilla
brotó un árbol en cuyo interior él vivió,
dio sus frutos, que posteriormente comieron los gorriones
y así pudo volar con ellos, en una reproducción
del ciclo de la vida.
El comienzo de ‘La fuente de
la vida’ es muy esclarecedor en este sentido, pues arranca
con una cita bíblica:
Entonces,
el Señor expulsó a Adán y Eva del Jardín
del Edén y colocó una espada flamígera
para proteger el árbol de la vida - Génesis
3:24.
La espada flamígera la incorporará posteriormente
Aronofsky en el sacerdote maya que custodia el árbol
de la vida, fundiendo todas las religiones en una.
Aquí se demuestra una vez más
que lo importante en una película no es tanto la idea
como el tratamiento que
se le dé, pues la idea de un científico que
quiere encontrar una cura para su mujer enferma no es nueva,
pero en cambio sí lo es la forma tan original en que
Aronofsky reviste y nos transmite esa idea.
El director neoyorquino expresó
de este modo su idea de partida y el tratamiento que pensaba
darle:
El
deseo de vivir por siempre está profundamente anclado
en nuestra cultura. Todos los días la gente está
buscando maneras de vivir más años o sentirse
más joven. No hace falta más que ver la popularidad
en Estados Unidos de programas como ‘Extreme Makeover’
o ‘Nip / Tuck’. La
gente desea a toda costa ser más joven e incluso a
menudo se rechaza que la muerte es una parte de la vida. Los
hospitales se gastan cantidades ingentes de dinero en tratar
de mantener con vida a los enfermos. Pero nos hemos preocupado
tanto por mantener la parte física que muchas veces
nos olvidamos de alimentar nuestro espíritu. Es por
eso que éste era uno de los temas centrales que quería
abordar en la película: la muerte nos hace humanos
y si viviéramos eternamente, ¿perderíamos
nuestra humanidad?
‘La fuente de la vida’
está narrada en tres actos, con la particularidad de
que esos tres actos se nos presentan en un montaje alterno.
Son tres historias que pivotan en torno a los mismos personajes
–Thomas e Isabel Creo– en diferentes épocas
y ambientes: el siglo XVI, donde el conquistador y vasallo
de la corona Tomás busca en la selva guatemalteca el
árbol de la vida que salve a la soberana de la conspiración
que trama el Inquisidor para así vivir eternamente
con la reina Isabel –la Católica–,
en una búsqueda inspirada en la leyenda de la Fuente
de la Eterna Juventud de Ponce de León –el
tiempo pasado–; el siglo XXI, donde el oncólogo
Thomas busca una cura para el cáncer que salve a su
mujer de un tumor cerebral –el
tiempo presente–; y el siglo XXVI, donde el monje
budista Tom se encamina a la nebulosa Xibalbá para
devolver a la vida a su amada Izzi, que en esta ocasión
cobra la forma del árbol de la vida –el
tiempo futuro–.
Que el Tom del futuro sea representado
como un monje budista, con la túnica y el pelo al rape,
en lugar del típico astronauta con la típica
escafandra, y que en vez de viajar en una nave espacial como
las que tantas veces hemos visto en el cine, viaje –o
gravite– en una biosfera, es lo que otorga a esta película
un rango especial que la distingue de todo lo visto con anterioridad.
Lo mismo vale para la simbolización del anillo recuperado
como aceptación de que se puede seguir estando juntos
a pesar de la muerte y del árbol como Fuente de la
Eterna Juventud:
Cuando
empezamos a concebir la historia investigamos en la cultura
maya. Indagamos también en la Biblia y encontramos
que, en muchas narraciones, la
Fuente de la Eterna Juventud está encarnada por algo
vivo, algo orgánico o sustancioso,
subraya Ari Handel, coguionista del
filme y oncólogo de profesión, experiencia que
aprovechó Aronofsky para construir el laboratorio donde
trabaja Tommy.
Para recrear la selva y la civilización
maya Aronofsky reconoció haberse inspirado en ‘Aguirre,
la cólera de Dios’, de Werner Herzog, y en ‘La
montaña sagrada’, de Alejandro Jodorowsky, pero
sería inútil criticar la película desde
el rigor histórico, como a menudo hacen algunos puntillosos
que confunden el cine con un tratado de Historia, porque,
en el caso que nos ocupa, tanto la historia del pasado como
la del futuro son la invención de unos personajes;
o, dicho con otras palabras, una ficción dentro de
la ficción. En realidad, ‘La fuente de la vida’,
en tanto película que es, se compone de un metatexto
–el libro ‘The Fountain’ que empieza a escribir
Izzi y que termina Tommy– que a su vez subsume a tres
hipertextos, que se corresponden con las tres historias descritas
anteriormente. La historia del pasado la escribe Izzi, la
del presente la escriben
Izzi y Tommy en el transcurso de sus respectivas vidas, y
la del futuro la escribe Tommy por expreso deseo de Izzi.
Nosotros, como espectadores, vemos las tres integradas en
un todo, la película, pero, puestos a desmenuzar, hay
dos capas dentro de la ficción: la historia presente,
primera capa; y las historias pasada y futura, segunda capa.
Esta estructura narrativa compleja
de capas superpuestas y diferentes niveles de ficción
le sirve a Aronofsky para dosificar la información
que va proporcionando al espectador, que
está obligado a atar cabos y a ver varias veces la
película para encontrar su pleno sentido. Eso es precisamente
lo que hace grande una película: que no quede exangüe
después de vista, y que aguante o, aún más,
exija varios visionados.
El
montaje alterno, además de dar ocasión a una
amplia gama de ingeniosos raccords
–como el de la corteza del árbol y la piel de
Izzi que se funden en la bañera– que enlazan
unas historias con otras, también ofrece claves de
interpretación diseminados aquí y allá.
Por ejemplo, las primeras palabras del capitán Tomás,
cuando ejecuta el ritual postrado ante la cruz, son: “Permítenos
ponerle fin”, que remite directamente a la historia
del futuro: fin del libro y fin también de su rechazo
a aceptar lo que tenía que ocurrir –"Todo
lo que ocurre, ocurre necesariamente", 'Los dos
problemas fundamentales de la ética', Arthur Schopenhauer–.
Así también el futuro remite al pasado cuando,
ya en Xibalbá y con el árbol sin vida, la reina
Isabel se le aparece a Tom como una fantasmagoría y
le pregunta: “¿Liberarás
a España de la esclavitud?”, expresando
así con otras palabras lo que antes le había
pedido: que terminara el libro y aceptara la muerte, su muerte,
que para él es una esclavitud o muerte en vida. Del
mismo modo, el presente también está imbricado
en el futuro, pues en una de las muchas ocasiones en que se
nos ofrece la secuencia de la primera nevada, Tommy aparece
con la cabeza afeitada.
En lo que sí se parece ‘La
fuente de la vida’ a las anteriores películas
de Darren Aronofsky es en su montaje
iterativo; la peculiar manera que él tiene de
mostrar la obsesión –y, claro está, ¿qué
hay más obsesivo que la pérdida de un ser querido?–.
La repetición de motivos, al modo de una partitura
minimalista, estaba ya presente en ‘Pi’ en los
temblores y convulsiones que sufría el protagonista
durante sus ataques nerviosos, en las pastillas que ingería
en esos momentos de angustia y en los cerrojos de la puerta
que corría para que ningún vecino entrase. En
‘Réquiem por un sueño’ el principal
motivo era el ingenioso montaje que acompañaba a cada
esnifada de cocaína: una raya, un billete de dólar
enrollado, con la efigie de George Washington en primer término,
y la dilatación de la pupila.
En ‘La fuente de la vida’
los motivos son más variados: el anillo que la reina
Isabel deposita en la mano del capitán Tomás,
cuyo puño cierra ésta acto seguido; el ritual
arrodillado ante la cruz, donde
descubre el anillo que guarda en una pequeña bolsa
y se santigua; los dedos extendidos que imantan y erizan el
vello del árbol, método que utiliza el monje
para saber que goza de buena salud; el vello de la nuca de
Izzi que se eriza al sentir el leve contacto de los labios
de Tommy; el guardián maya que custodia el árbol
de la vida y que derriba a Tomás con la espada flamígera;
el rostro angelical de la reina Isabel bañado en luz
que anima al conquistador en su búsqueda; la cámara
que sigue a una Izzi sonriente y con el pelo largo, antes
de padecer la enfermedad, etc.
Pequeños detalles como éstos,
planos de apenas unos segundos de duración, pero de
una vida de emoción, son los que hacen de esta película
una joya. Muchos son los que han criticado la historia del
futuro, por su misticismo new age,
pero tal vez sea mi preferida, por todo el amor que desprende
cada gesto de Tommy en su exquisito cuidado del árbol
–¿habría que hablar aquí de ‘El
jardinero fiel’?–, y en esa manera tan delicada
que tiene de hablarle en susurros, como a alguien que está
dormido o enfermo: “No te
preocupes. Ya casi estamos”. Por otra parte,
¿quién no es capaz de conmoverse con la rabia
de Tommy cuando ve que están cubriendo con la sábana
la cabeza de su esposa muerta, empuja contra la pared a un
médico que trata de tranquilizarle e intenta reanimarla
con la energía que sólo proporciona la desesperación?
Esta obsesión y repetición
de motivos no conseguiría el mismo efecto sin la música
del genial compositor británico Clint
Mansell, que en esta ocasión se supera a sí
mismo, y que vuelve a contar con la inestimable colaboración
del cuarteto de cuerda Kronos Quartet y del
grupo escocés de post-rock Mogwai.
Es una de las bandas sonoras más sensibles que se han
compuesto y sin ella ‘La fuente de la vida’ no
sería lo que es. Es el complemento ideal a las hermosas
imágenes y más hermosos aún sentimientos
que transmiten estas imágenes. Mansell se hizo un hueco
en la fonoteca de todo melómano con la vibrante ‘Lux
Aeterna’, de ‘Réquiem por un sueño’,
sobre todo a raíz de que se usara para anunciar el
tráiler de ‘Las dos torres’. La popularidad
que adquirió este tráiler fue tal que se bautizó
a la pieza con un nuevo nombre, híbrido de ambas películas:
‘Requiem for a tower’. Ahora, con ‘La fuente
de la vida’, nos ofrece composiciones más intimistas
y melancólicas, de ritmo pausado y ascendente, como
‘The Last Man’ y ‘Together We Will Live
Forever’.
La fotografía de Matthew
Libatique y el montaje de Jay Rabinowitz,
colaboradores habituales de Aronofsky, son encomiables, y
otro tanto se puede decir de la iluminación, pues ‘La
fuente de la vida’ es justamente eso: la búsqueda
de la luz: la luz del mediodía que entra por
las puertas del aposento real y baña la cara de la
soberana Isabel, nimbando su bello rostro de una expresión
angelical; el destello de Xibalbá cuando Tommy acude
a la tumba donde descansa en paz su esposa, entierra una semilla
y mira hacia el cielo; o la luz del exterior que asoma al
abrirse y cerrarse la puerta cuando Izzi sale sola a ver la
primera nevada tras recibir la negativa de Tommy, muy ocupado
en sus investigaciones. Este motivo, el de la primera nevada,
es el más repetido porque obliga a decidir a Tommy
entre su afanosa búsqueda de una cura para el cáncer
o pasar el mayor tiempo posible en compañía
de Izzi; es decir, entre negarse a lo inevitable –“la
muerte es una enfermedad y yo encontraré la cura”–
o aceptarlo y asumirlo con aplomo y entereza.
A nivel de composición y montaje,
la luz también está presente en los fundidos
a blanco, en los abundantes planos cenitales y en los planos
simétricos, que son dos: el de Tommy en el coche camino
del laboratorio y el de Tomás galopando camino del
palacio de la reina. Esta simetría y esta luz cenital
también están representados en el cartel de
la película, que podría considerarse un paratexto.
Desde un punto de vista simbólico, la luz significa
pureza, y
ésa es la imagen que da Izzi en su madura aceptación
del destino que le aguarda: la de una vestal. Aronofsky lo
expresa con estas palabras:
Izzi
es la atalaya de Tom, su única verdad; siempre que
aparece representa el amor y la pureza.
El momento en el que Tom empieza a
aceptar la muerte de Izzi –"sic
erat in fatis", "así
lo quiso el destino", Ovidio–, le dice sonriente
a ésta, que asume la forma de reina: “Voy
a morir”, a lo que sigue el maravilloso descubrimiento
que hace el capitán Tomás del árbol de
la vida, cuya savia bebe con avidez; pero que, en lugar de
proporcionarle la ansiada vida eterna, le convierte en el
Primer Padre de la religión maya, que se sacrifica
para crear la vida –“la
muerte como acto de creación”–.
Ésta es la confirmación de que no se puede detener
a la muerte. Sólo cuando Tom lo acepta recupera el
anillo de bodas perdido en el laboratorio.
En el apartado interpretativo, no
puedo menos de elogiar las actuaciones tanto de Hugh Jackman,
que transmite igual de bien el coraje, la lealtad y la determinación
del conquistador que la ternura, la rabia y la desesperación
del hombre del presente y del futuro, así como de Rachel
Weisz, inconmensurable en su valentía a la hora de
afrontar el duro trance de la muerte, una muerte que le llega
demasiado joven, y conmovedora en sus rasgos faciales seráficos
que irradian paz y serenidad. Se nota que ambos se implicaron
a fondo en el proyecto. Prueba de ello son las siguientes
palabras de la guapa actriz británica:
El
guión era uno de los más estimulantes que nunca
haya leído. Era muy emotivo e invitaba a la reflexión
–me eché a llorar como un bebé después
de leerlo–.
‘La fuente de la vida’
es una de las películas más delicadas y románticas
que he visto en mi vida, pero que nadie me malinterprete:
con
esto no me estoy refiriendo a ese romanticismo tan pegajoso
y banal surgido al albur de los nuevos tiempos. El auténtico
romanticismo, el de lord Byron, Percy B. Shelley y tantos
otros poetas de vida azarosa y atormentada, nada tiene que
ver con ramos de flores o cenas a la luz de las velas, y menos
aún con estallidos de risa y alegría incontenible.
El romanticismo prístino siempre desemboca en tragedia,
y encuentra en la muerte y en la nostalgia sus principales
blasones. En una estremecedora secuencia, Tommy observa su
brazo tatuado de anillos concéntricos, como los que
determinan la edad en el tronco de un árbol, y musita
para sus adentros: “Todos
estos años, todos estos recuerdos han sido por ti”.
Eso es romanticismo.
Para alguien que, como yo, ha sufrido
una pérdida irreparable en similares circunstancias,
‘La fuente de la vida’ es una savia balsámica
que ayuda a aceptar lo inevitable, aquello que los griegos
y romanos llamaban destino o fatum
y los cristianos Providencia, y que invita a soñar
con Xibalbá.
“Algún
día devolveremos la materia al otro lado del agua”,
Lao Tse.


|