La misma historia
“¡Este dolor es celestial; hiere
allí donde ama!” – William Shakespeare,
'Otelo, el moro de Venecia'.
Puede cambiar la época, pueden
cambiar las circunstancias e incluso pueden cambiar los actores,
pero siempre interpretamos a los mismos personajes. Concededme
un poco de vuestro tiempo y os lo enseñaré.
Vais a presenciar cómo las pasiones humanas y mundanas,
que es decir lo mismo, son inalterables. Arrellanaos en vuestra
butaca y contemplad esta escena que os presento.
He aquí una clásica
pareja, urbanita y de clase media. Él se llama Otelo.
Es un varón alto y corpulento, de piel cetrina y robusto
pecho. Su mentón prominente y su frente ancha dan fe
de su carácter rudo, mas sincero. En su cara angulosa
cual trazo cubista sobresalen unos pómulos que semejan
espolones. A sus labios aflora un mueca de escepticismo característica
en todo aquel que ha hecho frente a numerosas adversidades.
Su mirada teñida de melancolía y su semblante
macilento pueden llevarnos a pensar que tiene una edad venerable,
cuando lo cierto es que aún no ha cumplido los cuarenta.
Ella es Desdémona, una mulata
cenceña y delicada, con un busto como esculpido en
mármol y una cabellera espesa y negra como el azabache.
No es una jovencita, aunque tiene un rostro aniñado
que bien puede hacernos creer que aún está en
edad núbil. Su ánimo es jovial de ordinario,
mas, cuando se siente agredida, puede ser violenta y desabrida
como un caballo salvaje.
En este momento yacen en el tálamo.
Están acostados de lado, dándose la espalda,
aunque ahora vemos cómo Otelo se da la vuelta y rodea
con un brazo el vientre de Desdémona. Prestemos atención
a lo que dicen.
-¡Quita esa mano! ¡He
dicho que no me toques! Esta noche no tengo ganas de monerías.-
Desdémona se levanta de la cama como impelida por un
resorte. En su boca se dibuja un mohín de repugnancia-.
Voy al lavabo a tomar un vaso de agua. Me ha entrado sed.
Otelo permanece inmóvil en
la cama con aire resignado. Al cabo de unos minutos regresa
Desdémona.
-A ver, dime, ¿qué haces
mirándome con esos ojos de perro abandonado? No te
hagas el mártir, que no te va bien el papel de víctima.-
Desdémona se mete en una esquina de la cama, procurando
dejar suficiente espacio entre ella y Otelo-. A mí
no me necesitas para nada. Ya tienes a todas esas fulanas
que tan buenos momentos te hacen pasar.
-¿Pero qué dices? ¿De
dónde has sacado eso de que me acuesto con otras? Desde
el primer día te he sido fiel. Tus reproches son injustos
y me hacen daño.
-¿Hacerte daño?, ¿a
ti? Pero si tú no tienes corazón. Ni siquiera
tienes lo que hay que tener para reconocer que te ves con
otras.- Otelo niega con la cabeza, pero con eso no hace sino
crispar más los nervios de Desdémona-. Sí,
me refiero a Emilia –arrastra las sílabas con
sumo desprecio-, tu compañera en el departamento de
publicad, ésa que enseña las tetas –se
lleva las manos a los pechos en un intento de resaltar su
turgencia- cada vez que se le cae un folio al suelo. De todas
las putas que hay, me la tienes que jugar precisamente con
ésa, la más guarra de todas. No tienes vergüenza.
-Eso es un disparate. Mi relación
con Emilia es estrictamente profesional. Nunca ha habido nada
entre nosotros. Vaya, que ni siquiera me gusta.
-¡Ajá, conque ella no
te gusta! Eso quiere decir que hay otras que sí te
gustan. Tus palabras te delatan, bribón.
-Esta discusión es absurda.
No me escuchas. Sólo oyes lo que quieres oír.
Se te ha metido el demonio de los celos. Bah, ya se te pasará.
El que se pica, ajos come.
-¿Pero cómo se puede
tener tanta desfachatez?- Desdémona se reincorpora
sobre la cama y de un manotazo echa la sábana encima
de Otelo-. Me voy al sofá. No quiero dormir al lado
de un desalmado.
-No te molestes, me iré yo.-
Tras un tenso e incómodo silencio-. ¿Puedo darte
un beso de buenas noches?
-No –responde ella mirando hacia
otro lado.
-Está bien. Que tengas dulces
sueños, cariño.
Otelo se pone en pie y sale del dormitorio.
Desdémona se arrebuja bajo las sábanas y oprime
la cabeza contra la almohada. ¿Está llorando?
Sí, mirad cómo su pecho se agita al compás
de los hipidos. ¿Quién pensáis que se
ha erigido en portavoz de su palabra?, ¿ha sido su
corazón o su orgullo? Su corazón deseaba con
fervor recibir un beso cálido que la serenase, mas
su orgullo, tirano de sus sentimientos, ha emasculado todo
signo de ternura por considerarlo una debilidad imperdonable.
¡Qué no podrá obrar el orgullo, que se
impone con tanta facilidad sobre nuestros deseos!
Dejémosles que duerman y corramos
la cortina del tiempo. Ha amanecido un nuevo día y
vemos a Otelo entrando en un bar. Allí le está
esperando su amigo Iago. Es un hombre menudo de andares torpes
y estevados. Lo que más llama la atención de
su fisonomía son sus ojos pequeños y astutos,
centelleantes como luciérnagas en una noche oscura
e impenetrable. Su sonrisa pícara y su cabello rizado
le confieren un aspecto zangolotino. Otelo se le acerca y
le estrecha la mano.
-Hola, Iago. Me alegro de verte. Gracias
por venir.
-Es un placer, amigo. ¿Quieres
algo?
-No, gracias. No me apetece tomar
nada. En realidad, no pensaba quedarme mucho tiempo.
Iago pega un trago a la Budweiser
con tal ansia que a punto está de tragarse el gollete.
Ahora mira a Otelo detenidamente con una sonrisa inabarcable.
Se diría que está escrutando su rostro. Salta
a la vista que Otelo está nervioso. Después
de una pausa, Iago toma la palabra:
-Bueno, ¿y qué tal te
trata la vida?
-Sobre eso quería hablarte.
Dime, ¿puedo confiar en ti?
-Claro que puedes. Para eso están
los amigos -se suena la nariz con estrépito-. Cuéntame,
¿qué te pasa?
-Se trata de Desdémona. Lleva
varias semanas esquivándome. Ni siquiera me permite
que la toque. Está muy rara. Se le ha metido en la
cabeza que se la pego con otras.
-¿Y no es así? -le interrumpe
Iago, que acto seguido estalla en una risa estentórea,
como la de una hiena. Otelo le dirige una mirada fulminante-.
Perdona. Ha sido un chiste malo. Lo reconozco. Ya sabes que
me cuesta contener mi humor. Siempre digo que lo mejor en
estos casos es desdramatizar. Por favor, continúa.
-No, creo que ya he hablado bastante.
Hasta otra, Iago.
-Tampoco es como para ponerse así,
hombre. Hay que ver, qué carácter.- Otelo no
oye las últimas palabras, pues ya está lejos
de él. Abandona el bar a paso ligero.
Demos un nuevo salto en el tiempo
y volvamos a la casa de la pareja. Desdémona e Iago
están sentados en un sofá. Otelo no aparece
por ninguna parte. Se palpa la inquietud en el rostro de ella.
Al parecer, Iago le está haciendo revelaciones importantes.
-Pues eso, que esta mañana
me lo he encontrado en el bar en compañía de
una mujer. Al principio pensé que sería alguna
compañera de trabajo que había salido con él
a tomar una taza de café en el descanso, pero luego
comprobé que era algo más que eso.
-¿Algo más?, ¿a
qué te refieres?
-Bueno, es duro para mí decirlo.
Bien sabes que Otelo y yo somos como uña y carne, y
por nada del mundo quisiera entrometerme en vuestros asuntos
de pareja y causarle molestias.
-También eres mi amigo, ¿no?
-Sí, claro que soy tu amigo,
y por eso estoy aquí.- Iago coge aire y, luego de una
profunda espiración, le espeta-. Desdémona,
siento tener que comunicarte que tu esposo tiene una amante.
-Lo sabía, lo sabía.
Llevo tiempo sospechándolo. Él siempre lo niega,
pero yo sé que miente.- Desdémona se frota las
manos convulsivamente. Su pulso se acelera y su respiración
se entrecorta en arrebatos de ansiedad-. Cuéntame todo
lo que viste. ¿Estabas tú allí?, ¿te
vio?
-Sí, estaba en el bar, pero
no me vio. Estoy seguro de que no pudo verme. La mesa en la
que estaba sentado está apartada en un rincón
mal iluminado y, aparte de eso, había mucha gente a
esa hora.
-¿Se besaron delante de todos?
-Sí, se dieron un beso. Te
juro que cuando lo vi me quedé de piedra. Siempre tuve
a Otelo por una persona fiel. La verdad, no entiendo que pueda
verse con otra cuando te tiene a ti.
Desdémona no puede contenerse
y prorrumpe en sollozos. Saca un pañuelo carmesí
de su bolsillo y se enjuga las lágrimas que resbalan
por sus mejillas.
-Qué hijo de puta -repite una
y otra vez a media voz-. Me la ha jugado, a mí, que
lo he dado todo por él, que dejé a mi familia
en Cuba para venirme acá. Seguro que su padre le ha
lavado el cerebro. Nunca me tragó ese desgraciado de
Brabancio. Le comía la cabeza diciéndole que
me había casado con él para robarle el dinero.
Él está detrás de esto. Lo sé.
Iago se acerca a Desdémona para consolarla. La atrae
hacia su pecho y la mece. De pronto ve cómo la fuerza
abandona sus dedos y suelta el pañuelo. En un movimiento
veloz, lo recoge y se lo guarda. Mientras le acaricia el pelo,
le susurra:
-No pasa nada. Todo irá bien.
Ya lo verás.
¿Qué os parece? ¿No
tenemos acaso a un Tartufo entre nosotros? Saltemos una vez
más el charco del tiempo y volvamos a la casa. Han
transcurrido dos días con sus correspondientes noches.
Otelo está solo, meditando, como es costumbre en él.
Llaman a la puerta. Es Iago. Después de un saludo de
rigor, pasa y se sienta en el sofá. Es tan desenvuelto
que se comporta como si estuviera en su propia casa. No hace
falta que le inviten a tomar asiento. Otelo se sienta frente
a él, en un taburete.
-Me alegra volver a verte, Otelo.
Tienes buen aspecto. La última vez que nos vimos te
fuiste como alma que lleva el Diablo. Me quedé con
la sensación de que había hecho algo mal y,
bueno, ya sabes cómo soy, he venido para disculparme
y para ver si estabas mejor.
-Agradezco de todo corazón
tu gesto. Perdóname a mí, Iago. Estaba nervioso
y te traté con brusquedad.
-No tiene importancia, amigo. Es comprensible,
dada la situación en la que te encontrabas. Por cierto,
¿has resuelto ya tus diferencias con Desdémona?
-Ojalá así fuera, pero
ocurre todo lo contrario. Se ha puesto furiosa conmigo y me
amenaza con irse de casa. Quién sabe por dónde
andará ahora. Discutimos y se marchó dando un
portazo. Estoy preocupado.
-Oh, no sabes cuánto lamento
oír eso. Cuando me hablaste de ello imaginé
que sería un enfado pasajero. Ya sabemos cómo
son las mujeres, caprichosas y celosas todas, sin excepción.
Estamos en plena canícula y
en la habitación hace mucho calor. Iago, que es propenso
a trasudar, se siente sofocado. En sus axilas se empieza a
perfilar un círculo húmedo, mientras que abundantes
gotas de sudor desfilan por su frente. Se abanica con la mano
en un vano intento de aliviarse del vulturno.
-¡Uf, qué bochorno! ¿Puedes
abrir la ventana, Otelo? Me estoy asando.
-Sí, claro, cómo no.
Otelo se levanta y abre la ventana.
Al girarse observa algo raro en Iago. Ha reconocido el pañuelo
con el que se está secando el sudor de la frente. Es
el que bordó la abuela de Desdémona. No hay
duda de ello. Frunce el entrecejo y contrae los labios en
señal de ira. Iago está muy ocupado combatiendo
los efectos del calor y no repara en su expresión.
Otelo aplaca su cólera a duras penas y, mirándole
a lo zaino, le dice:
-¿Sabes? Esto que me está
pasando me recuerda a aquel drama de Shakespeare del marido
consumido por los celos... –hace un chasquido con los
dedos-. ¿Cómo se llamaba?
-'Otelo' -le responde Iago con aspereza.
-Sí, eso es, 'Otelo'. No me
había dado cuenta de que llevaba mi nombre. Qué
tonto he sido al olvidarlo -se golpea la frente-. Oye, Iago,
¿y cómo acababa la historia?
-Otelo mataba a Desdémona y
luego se suicidaba.
-Desdémona, sí, es verdad.
Igual que mi mujer. Qué increíble coincidencia,
¿no te parece? Menos mal que yo no soy moro y que esto
no es Venecia –se ríe a pleno pulmón.
Iago mira varias veces su reloj con impaciencia.
-Oye, yo me tengo que ir. No sabía
qué hora era. Me esperan a las seis y ya han pasado
cinco minutos. Nos vemos otro día, ¿vale?
-Sí, vete –responde Otelo
con acritud mal disimulada.
Iago sale raudo de la casa y, con
las prisas, tropieza con el taburete. Tan pronto como desaparece,
Otelo exclama para sus adentros:
-¡Y que te lleve el Diablo!
Iago ha conseguido inocular en Otelo
el veneno de los celos. Soplemos la esfera del tiempo y hagamos
avanzar las agujas del reloj unas horas. Nuestro héroe
se desespera pensando qué es lo mejor que puede hacer,
si armarse de paciencia como Hefesto e intentar sorprender
en adulterio a los traidores Afrodita y Ares, o si actuar
de inmediato, en cuanto vea a Desdémona. No tiene tiempo
de meditarlo, pues en este momento alguien está girando
la llave en la cerradura. Sólo puede ser ella. Otelo
sale al encuentro de su esposa.
-¡Ah, eres tú! Qué
susto me has dado- Desdémona parpadea y se lleva una
mano al pecho en acto reflejo.
-¿Quién pensabas que
era? –le inquiere Otelo en tono avieso.
-Nadie. Pensaba que no había
nadie a estas horas. Se supone que deberías estar en
el trabajo. ¿Qué haces aquí?
-Espiarte. Hoy me he cogido un día
de asueto por asuntos personales.
-Estás loco –le replica
Desdémona clavando sus pupilas en las de él.
Otelo le agarra del brazo con brusquedad y las llaves caen
al suelo, produciendo un tintineo metálico que enciende
una chispa en su cerebro-. ¡Suéltame, maldita
sea!, si no quieres que llame a la Policía –aúlla
la infeliz mujer, que presiente el fatal desenlace.
Otelo hace caso omiso de sus amenazas
y, antes al contrario, porfía con ella para debelar
su resistencia. Durante el forcejeo llueven los bofetones
sobre el rostro de Otelo, que se mantiene firme en su empeño.
El bolso de Desdémona se desprende de su hombro y va
a parar al suelo. Finalmente, Otelo consigue inmovilizarla
asiendo con dureza sus muñecas. Desdémona, antes
que rendirse, se abalanza sobre la cara de Otelo y le muerde
la mejilla. Brota el líquido rojo, pero él no
siente dolor físico alguno. Su dolor es de otra naturaleza,
y no hay ungüento o emplasto capaz de bizmarlo. Exhausta
por el esfuerzo baldío, Desdémona sufre un vahído
y se abandona a los brazos de Otelo.
Él la coge en vilo y la lleva
hasta la cama. La deposita allí con delicadeza, como
si sostuviera una flor de frágil tallo. Desdémona
apenas es consciente de lo que está pasando. Mira al
techo con ojos desorbitados. Otelo se sienta a su lado y,
con la mirada perdida en el abismo de los celos, le acaricia
con ternura la cara. Unas gotas de sangre salpican la faz
de Desdémona. Son como máculas incandescentes,
rescoldos de un amor hecho añicos. Otelo se inclina
sobre ella, que tirita de miedo e impotencia, y le besa los
labios con pasión y dulzura. Ahora se separa y sentencia:
-Me has traicionado con mi mejor amigo.
Si tienes algún pecado del que arrepentirte, reza tu
última plegaria. ¡Vas a morir!
-¡Oh, Dios!, ¡Dios!, ¡Dios!
¡Muero inocente!
Otelo pone sus enormes manos en el
cuello de Desdémona y aprieta hasta ahogarla. Mientras
lo hace, tuerce a un lado la cabeza para no presenciar su
villanía. Unas lágrimas asoman a sus ojos y
descienden serpenteando por la orografía de su cara.
Ha transcurrido una hora y siguen
tal como los habíamos dejado, el uno sin alma y la
otra sin cuerpo. La habitación está atestada
de policías que investigan el lugar de los hechos.
Uno de ellos, que porta una cámara de fotos, se acerca
a Otelo y le pregunta en tono neutro:
-¿Por qué lo hiciste?
Sin levantar la vista, Otelo le responde
impasible:
-Porque no había puerta tan
alta que pudiera atravesar sin golpearme la cabeza.
El policía baja la mirada,
mueve la cabeza en señal de asentimiento y continúa
tomando fotos.
Y así acaba la trágica
historia de Otelo y Desdémona. Los más curiosos
de entre vosotros os preguntaréis qué fue de
Iago. Pues bien, el bueno de Iago salió de escena tan
pronto como cumplió con su cometido, que no era otro
que envenenar el amor de dos personas que se amaban. ¿Me
preguntáis que quién soy yo? Je, je. Eso ya
lo sabéis. Soy un viejo conocido. Algunos me conocen
como la Discordia.


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