La sonrisa de Selene
“En la
noche dichosa,
en secreto, que nadie me veía,
ni yo miraba cosa,
sin otra luz ni guía,
sino la que en mi corazón ardía.”
'Noche oscura del alma' - San
Juan de la Cruz.
Selene miraba desde lo alto de su
atalaya envuelta en un manto de estrellas. La vigía
impenitente esbozaba una alargada sonrisa que dejaba al descubierto
su plácido regocijo por haber destronado, siquiera
por un breve lapso de tiempo, al refulgente Febo. En su lechosa
desnudez, la reina de la noche rielaba sobre las serenas aguas
del lago Wannsee creando una sombra undosa que zigzagueaba
hasta perderse en el horizonte. Su pálido reflejo cobraba
la forma de un camino trazado a tiza y desvaído por
el paso del tiempo y los pliegues de la inestable materia.
Una niebla densa y húmeda se alzaba de las aguas y
tamizaba el bosque dotándolo de una impronta feérica.
A orillas del lago, como un espectro errabundo o un animal
nictálope, una figura de contornos difusos se perdía
en el omnímodo abrazo de la bruma.
Los heraldos de la noche componían
sus odas a la belleza del crepúsculo ululando al socaire
de las frondosas copas de los álamos. Encaramadas sobre
las ramas con un porte aristocrático, las lechuzas
aguzaban la vista al tiempo que afilaban su instinto depredador.
El frío cortante del Bóreas agitaba el follaje
con violencia y producía un temblor incontrolable en
el sujeto que se disipaba en la calígine.
Endimión tiritaba y se encogía.
La humedad se calaba en sus huesos y entumecía sus
miembros. Casi no podía moverse. Con las manos metidas
en los bolsillos de la gabardina y la cerviz doblada, estaba
como petrificado. En su rigidez podía pasar por un
árbol más de entre los muchos que allí
había. De cuando en cuando sacaba las manos y se las
frotaba junto a la boca en un fútil intento de entrar
en calor. El vaho que exhalaba en tales momentos empañaba
los cristales de sus gafas y le privaba de la visión.
Tras los lentes, sus ojos zarcos estaban nublados, aunque
no tanto como su conciencia.
Lo que le había llevado hasta
allí a esas horas de la noche era un pertinaz deseo
de poner fin a su vida, mas ahora que se hallaba en el lugar
señalado no se le ocurría la forma de hacerlo.
En su ingenuidad había pensado que suicidarse era algo
sencillo, que bastaba con proponérselo y ejecutarlo,
del mismo modo que se estira el brazo con intención
de coger una manzana para, acto seguido, hincarle el diente;
pero esa manzana estaba tan fuera de su alcance como lo estuviera
del desdichado Tántalo. Sólo ahora se daba cuenta
de la dificultad de la empresa que había escogido.
Repasaba en su mente el abanico de opciones que se le presentaban.
No sabía nadar, lo cual le sería de gran ayuda
en el supuesto de que se arrojara al lago, pero sentía
un miedo cerval ante la idea de morir ahogado. Su implacable
lógica se disparaba formándose mil y una imágenes
sobre cómo sería perecer asfixiado. Se veía
braceando en el agua en un inútil y tardío esfuerzo
por salir a flote, porque suponía que en el último
momento, cuando sintiese la perentoria necesidad de respirar,
su organismo se impondría sobre su voluntad y lucharía
con denuedo por mantenerse vivo. Esta descoordinación
entre voluntad y naturaleza le aterraba. “¿Acaso
puedo considerarme dueño de mis actos si mi propio
cuerpo no me deja abandonarlo?”, se preguntaba
angustiado. “¿Realmente
el hombre es libre de hacer lo que quiere?”,
meditaba a continuación. Entonces se le antojaba que
quizás estas dudas fueran producto de su cobardía,
y que otro en su lugar no vacilaría un instante en
quitarse la vida si se lo propusiera. Ese pensamiento le hacía
maldecirse hasta el extremo de justificar todas las desgracias
que le habían ocurrido, y que a la postre le habían
conducido a esta situación desesperada, como una consecuencia
natural de su debilidad. Si algo despreciaba era ser un pusilánime.
Se tenía por un hombre de palabra, y esta parálisis
que sufría era humillante para alguien acostumbrado
a cumplir sus promesas, incluso las formuladas a sí
mismo.
Endimión era un hombre dotado
de una sensibilidad exacerbada, sensibilidad que a menudo
devenía irascibilidad e irritación. Se tomaba
a pecho todo lo que le decían, pues huía de
la frivolidad como de la peste. Por ese motivo, no era dado
a las chanzas. Su seriedad, que no estaba exenta de ingenio
para lo cómico, era, empero, un freno para cualquier
conato de humor del sal gruesa. Trataba de ser templado en
sus manifestaciones, siguiendo un ideal eutrapélico,
pero su terquedad le llevaba con más frecuencia de
la deseable a explosiones atrabiliarias. Para bien o para
mal, era una persona que se preocupaba y que trataba de comprender
a los demás.
Sin embargo, nunca fue capaz de comprender
a Elena. Ella era la principal causa de que estuviera allí,
aterido de frío y transido de pena. La había
querido tanto que ahora, tras perderla, no podía sacársela
de la cabeza. En una nueva muestra de hasta qué punto
podía llegar su capacidad para escarbar en sus propias
heridas, se preguntaba si en ese momento ella se acordaría
de él, o si, como se figuraba, su recuerdo se habría
evaporado como una voluta de humo. Cuando le expresó
su intención de dejarlo, Elena no dio nombres, pero
él no podía menos de suponer que alguien se
había cruzado en su camino. “Si
al menos hubiese sido sincera”, se lamentaba.
La frustración y la rabia contenida encontraban entonces
una vía de escape y se mordía el labio inferior
con tanta fuerza que a punto estaba de hacerse sangre.
Los arrebatos de culpabilidad y de
humillación se fundían sin solución de
continuidad con accesos de autocompasión, de tal manera
que momentos después de flagelarse se lamía
las heridas enterneciéndose con su bisoñez cuando,
en su candor, se sentía transportado y amartelado en
presencia de Elena. Lo había consagrado todo a ella,
renunciando a la amistad de sus pocos amigos, cuyo contacto
había perdido irremediablemente. Ahora estaba solo,
y su única compañía se reducía
a las brumas que se hallaban tanto fuera como dentro de él.
Nunca imaginó que el amor, su amor, pudiese terminar,
puesto que se consideraba un punto por encima de los demás,
y de ningún modo podía pensar que él,
un espíritu elevado, pudiese experimentar el oprobio
del desengaño, tan común entre las gentes adocenadas.
¡Cómo detestaba la mediocridad! El solo pensamiento
de ser vulgar constituía para Endimión una razón
irrefragable para acabar con su existencia de una vez por
todas.
Su carácter soñador
y su amor por los libros le llevaban a buscar comparaciones,
en ocasiones inverosímiles, entre sus vivencias y las
de los personajes ficticios que aguijoneaban su imaginación.
Así, de pronto se veía en la piel de Alexéi
Ivánovich, convertido en un guiñapo en manos
de la altiva y voluble Polina, esa demoníaca beldad
surgida de la pluma, y también de la vida, de Dostoyevski.
Él también se hubiera arrojado por un precipicio
si se lo hubiese ordenado Elena, tan ciega era su veneración.
No menos similitudes encontraba en el caso, en este caso verídico,
de Heinrich von Kleist, quien, movido por sus amores imposibles,
se suicidó en compañía de Henriette Vogel,
su amante ocasional. Su dilección por el romántico
alemán era la razón de que hubiese elegido ese
lugar, el lago Wannsee, para acabar con su vida. Quería
que su último acto fuese un homenaje al inmortal escritor
que tanto había influido en su forma de entender el
mundo. Ahora que se comparaba a Von Kleist pensaba que tal
vez su vacilación se debía, en parte, a que
no tenía a nadie a su lado que le alentara a tomar
tan difícil decisión; pero al punto rechazaba
este pensamiento, pues tenía que aceptar las cosas
tal cual le venían dadas.
Sin saber cómo, se encontró
pensando en Apolodoro, aquel desafortunado experimento de
las teorías spencerianas. Se compadecía del
pobre niño que padeció los rigores de una férrea
educación que tenía el propósito de convertirle
en genio. Su padre, el ofuscado Avito Carrascal, le presionó
desde la cuna para que fuera una mente preclara, y claro,
al final el infeliz Apolodoro re rompió como una vajilla
de porcelana. Él también había sido instruido
en el principio de que hay que ser el mejor en todo, y ahora
no podía huir de su perfeccionismo. Tantas veces le
habían inculcado la idea de que hacía mal las
cosas, que había llegado un momento en que nunca estaba
satisfecho de lo que hacía, prefiriendo las más
de las veces no acometer un proyecto por miedo a defraudar
las expectativas ajenas. Su perfeccionismo era tal que podía
llegar a desesperarse sacándole punta a un lápiz,
si es que la barra de grafito no quedaba a la altura que él
estimaba correcta. Sentía que era una nulidad, y sin
ayuda se veía incapaz de escapar de los tentáculos
de la frustración. “Unamuno
supo distinguir como nadie la diferencia entre una idea y
una persona”, reflexionaba. Como el flébil
personaje unamuniano, sentía que todavía tenía
una misión que cumplir en la vida, que no podía
abandonarla sin expansionarse.
“Haz hijos, Apolodoro, haz hijos”, martilleaban
en su cabeza los pretendidos sabios consejos de don Fulgencio.
La niebla que le envolvía,
que era como un guiño de la naturaleza a la inmarcesible
novela –o nivola,
como él gustaba de llamarlas- del literato bilbaíno,
también le hacía pensar en Schopenhauer. “El
terrible humorista de Danzig”, en palabras de
Unamuno, le enseñó que para vencer el dolor
inmanente a la vida era necesario rasgar el velo de Maya,
lo que significaba que había que quitarse la venda
de los ojos y percibir el entorno con la contemplación
de un místico. El suicidio no era la solución
en ningún caso. Por lo tanto, si aún quería
seguir viviendo debía encontrar una fuente de placer
extático.
Entonces, como un gorjeo celestial,
una canora voz acudió rauda a su cabeza y le hizo estremecerse.
Era Loreena McKennitt.
La había reconocido al instante. La canción
se titulaba 'La noche oscura del alma', y en ella evocaba
el intenso amor que San Juan
de la Cruz experimentara por Dios. Sintió cómo
unas lágrimas arrasaban sus ojos. Estaba llorando de
placer.
Vencidas las sombras de su existencia,
Endimión ya no temía la llegada del alba. Se
irguió, miró hacia Selene y le dedicó
una sonrisa cómplice. Había encontrado un nuevo
amor.

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