
'My Blueberry Nights', una película
de Wong Kar-wai
Cuando un director proveniente de una
cinematografía exótica o periférica,
como puede ser la china, decide rodar una película
en suelo americano siempre se disparan las suspicacias sobre
su venta al país del dólar. En estos casos se
presume una renuncia voluntaria a un estilo independiente
que le hizo acreedor del aplauso de la crítica en favor
del apoyo de los grandes estudios, para llegar así
al gran público y obtener con ello pingües beneficios.
Esto fue, poco más o menos, lo que le ocurrió
en su día a Ang Lee, director de probado
talento que ahora, con ‘Deseo, peligro’, parece
haber vuelto a sus orígenes, y es lo que le acaba de
suceder a su compatriota Wong Kar-wai, ahora
que ha rodado una película en EE.UU.: ‘My
Blueberry Nights’.
Esta sombra de sospecha, que yo nunca
albergué, no tiene ninguna base real una vez vista
la película, pues ‘My Blueberry Nights’
es el Wong Kar-wai que todos conocemos, fiel a sí mismo,
tanto en su estilo como en su temática.
Los símbolos y las metáforas
que han caracterizado desde siempre el cine de Wong Kar-wai
siguen vigentes en ‘My Blueberry Nights’, sólo
que en esta ocasión sus obsesiones –a saber;
la fugacidad del amor y nuestro intento desesperado por retenerlo–
no están simbolizadas por el pájaro sin alas
que muere al posarse –‘Days
of Being Wild’–, ni por el agujero practicado
en la pared o en el tronco de un árbol al que se le
confiesa un secreto –‘In the mood for
love’ y ‘2046’–,
como tampoco por ese tren que viaja a un futuro del que nadie
regresa para revivir sus amores pasados –‘2046’–.
En ‘My Blueberry Nights’ el símbolo es
un tarro de cristal, varadero de corazones rotos, donde cada
llavero abandonado representa una puerta que se cierra y que
se abre al amor. El amor y la soledad, la soledad y el amor,
continúan siendo, pues, los ejes centrales de su discurso,
con independencia del tiempo y del espacio en que se mueva.
Hay
directores que siempre nos cuentan la misma historia, pero
nos la cuentan tan bien que siempre parece otra. Esto que
sirve para Wong Kar-wai, vale también para otros autores
tan ilustres como Terrence Malick, obsesionado
ya desde la época de ‘Malas Tierras’ con
el descubrimiento del Paraíso y la pérdida de
la inocencia, o Yôji Yamada, para quien
el honor, el amor y la tradición en conflicto con la
modernidad constituyen la columna vertebral de su obra, algo
que se observa bien a las claras en ‘El ocaso del samurái’,
pero que aún es más notorio, si cabe, por el
hecho de llevarlo impreso en su mismo título, en la
recién estrenada ‘Love and Honor’.
Aunque Wong Kar-wai se aleje del Hong
Kong de los años 60, epicentro de sus recuerdos de
juventud, la estética de Nueva York en ‘My Blueberry
Nights’ no dista mucho de aquélla: es el mismo
paisaje urbano nocturno y lluvioso con trenes y tranvías
y luces de neón que rasgan la cortina de silencio que
envuelve la noche; es el mismo paisaje sentimental con los
mismos seres apesadumbrados, transidos de amor y aislados
del mundo bullicioso que engulle sus penas. Y aunque esta
vez el director de fotografía no sea su inseparable
Christopher Doyle, su sustituto para la ocasión, el
virtuoso Darius Khondji –colaborador
habitual de Jean-Pierre Jeunet–, demuestra que sabe
rodar a la manera de Wong Kar-wai. Los primeros planos
de unos zapatos de tacón –el director de ‘Chungking
Express’ siempre ha sido un fetichista de los
pies femeninos–, así como esas ligeras angulaciones
que adopta la cámara partiendo los puntos de fuga,
no faltan en ‘My Blueberry Nights’, donde también
se nota el toque personal tanto en el vestuario como en el
diseño de producción de William Chang,
probablemente el miembro del equipo técnico que mejor
conoce a Wong Kar-wai.
La elegancia en el filmar de Wong
Kar-wai la tienen muy pocos. Es delicioso observar cómo
se mueve la cámara a través de los cristales
de la cafetería captando cada tenue brillo y cada pálido
reflejo que proyectan los rótulos de neón que
hay a la entrada del establecimiento. Los movimientos son
tan sutiles que casi nos olvidamos de la presencia de la cámara.
Más admirable aún es lo bien que utiliza la
cámara lenta, un recurso que en manos de otro quedaría
efectista o rimbombante, pero que en sus manos produce un
aura mágica, como si los personajes andaran de puntillas.
Las películas de Wong Kar-wai tienen un tempo propio,
diferente al de cualquier otra película. En ellas parece
que los sentimientos flotaran en el aire creando una atmósfera
densa donde el amor y el humo se entrelazan en volutas evanescentes.
Un
dato más que corrobora la autenticidad de ‘My
Blueberry Nights’ es que está basado en un cortometraje
que Wong Kar-wai realizó en Hong Kong y que protagonizaron
sus actores fetiche Tony Leung y Maggie Cheung. Este cortometraje
era, en realidad, un capítulo que, junto a otro que
posteriormente se convirtió en ‘In the mood for
love’, y un tercero, formaban una obra mayor titulada
‘Tres historias acerca de comida’
(‘Three stories about food’).
‘My Blueberry Nights’
es el primer largometraje que Wong Kar-wai rueda en inglés,
pero no es la primera película que dirige en América,
pues ya lo hizo antes en ‘Happy Together’,
rodada casi en su totalidad en Buenos Aires.
El prestigio del que goza Wong Kar-wai
lo atestigua el elenco de actores con el que ha contado para
su primera incursión en Hollywood, nada menos que Jude
Law, Rachel Weisz, Natalie
Portman y David Strathairn, además
de la cantante Norah Jones, quien nunca pensó
en ser actriz y a quien sorprendió la llamada del director
hongkonés, un completo desconocido para ella:
No
sé qué vio en mí ni dónde lo vio.
Cuando recibí la llamada, pensé que quería
música para alguna de sus películas. Es raro,
porque yo siento que me veía incómoda en todos
los videoclips que he hecho.
Lo que la convenció definitivamente
para aceptar el papel fue ver ‘In the mood for love’,
que la dejó enamorada. Wong Kar-wai confió a
fe ciega en ella, hasta el punto de no juzgar necesario que
tomara clases de actuación; y aunque ella tenía
sus dudas sobre sus dotes interpretativas, está claro
que cuando alguien confía en ti, parte de esa seguridad
se te contagia. Para ser una debutante, Norah Jones consigue
una buena interpretación, y se la ve espontánea,
que es lo que Wong Kar-wai esperaba de ella. Su fragilidad
e inocencia tienen un punto enternecedor.
En cuanto a Jude Law, derrocha simpatía
por los cuatro costados, y podría pasar por el trasunto
de Takeshi Kaneshiro en ‘Chungking Express’.
Rachel Weisz, por su parte, vuelve
a demostrar que, además de ser un rostro bonito, tiene
mucho talento, y que sabe qué papeles le convienen
para crecer como actriz. El primer paso para su consagración
lo dio con ‘El jardinero fiel’, de Fernando Meirelles,
y después se consolidó con ‘La
fuente de la vida’, de Darren Aronofsky, su marido,
a quien compara con Wong Kar-wai:
Hacer
la película fue una experiencia alucinante. Wong es
definitivamente un genio. Es un poeta, es como Darren (Aronofsky).
Hace películas que nadie más puede hacer. Es
su visión, y es algo visionario. No sé si es
diferente porque es asiático o sólo porque es
verdaderamente él. Es fiel a sí mismo, un director
visionario único.
‘My
Blueberry Nights’ es un recorrido espiritual por la
geografía norteamericana a través de la mítica
Ruta 66. En ese viaje interior al centro
de su corazón, Elizabeth (Norah Jones) conocerá
a otros seres dolientes que le harán comprender que
no está sola en su desdicha, y que ese amor que se
le fue le espera en el mismo lugar del que partió.
La película se puede dividir en tres partes bien diferenciadas,
siendo la más intensa y desoladora la protagonizada
por Rachel Weisz y David Strathairn, metido en el rol de un
policía celoso y alcohólico que no puede olvidar
a su mujer, y quizá la más liviana e intrascendente
sea la de Natalie Portman, que interpreta a una intrépida
y engatusadora jugadora de póquer en desavenencias
con su millonario padre.
La sabiduría musical de Wong
Kar-wai es bien conocida. Es un maestro en fundir la imagen
con la música para crear, mediante una alquimia desconocida,
un espectáculo de inigualable belleza plástica,
a la manera de un ballet operístico. Este buen hacer
le acompaña en todos sus trabajos, incluso en los publicitarios,
siendo algo así como una marca de autor. Sólo
hay que ver esa joyita que es ‘The
Follow’, el spot publicitario que rodó
para la serie ‘The Hire’ de la marca automovilística
BMW, para percatarse de lo ligadas que están la música
y la imagen en su cine. Para este corto, protagonizado por
Clive Owen y Adriana Lima, contó con la preciosa canción
‘Unicornio’, de Silvio Rodríguez,
interpretada por Cecilia Noel; una canción que sólo
un melómano puede conocer.
Ahora, por primera vez en mucho tiempo,
deja atrás los boleros y los ritmos latinos, que tan
buenos resultados le dieran en ‘In
the mood for love’, para abrirse paso a la cultura
musical estadounidense, en una orgía de jazz, soul
y blues. Wong Kar-wai explicó con estas palabras el
proceso de gestación de la banda sonora:
Para
comprender cómo se puede viajar de un océano
a otro, yo mismo hice ese viaje tres veces desde Nueva York
a Santa Mónica, por tres rutas diferentes. Cada viaje
duraba diez días. Durante 15 horas diarias, el estéreo
del coche emitía música que me llevaba al corazón
de la película. Estos viajes no sólo dieron
forma a ‘My Blueberry Nights’, sino también
a su banda sonora.
Las
canciones que componen la banda sonora de ‘My Blueberry
Nights’, empezando por el tema principal, ‘The
Story’, compuesto ex profeso por Norah
Jones para el filme, son magníficas. Destacan ‘Harvest
Moon’, el clásico de Neil Young interpretado
por Cassandra Wilson; ‘Devil’s Highway’,
de Hello Stranger; ‘Pájaros’,
del compositor argentino Gustavo Santaolalla –galardonado
por partida doble por ‘Brokeback Mountain’ y ‘Babel’–;
y ‘The Greatest’, de Cat Power
(Chan Marshall), a quien Wong Kar-wai le reserva un pequeño
papel en la película. Y como broche, una versión
en clave de jazz de ‘Yumeji’s Theme’,
el precioso tema instrumental compuesto por Shigeru Umebayashi
para ‘In the mood for love’. Es un elemento más,
el más audible, que subraya la continuidad en la obra
de Wong Kar-wai.
El plano final, con
ese beso con sabor a tarta de arándanos entre
Jude Law y Norah Jones, es la demostración palpable
de la exquisita sensibilidad con que está tocado Wong
Kar-wai: una toma cenital con los labios de él entrando
en campo y acercándose a los labios de ella; una cara
mirando hacia un lado y la otra hacia el otro, apoyadas ambas
sobre la mesa del mostrador y unidas como dos piezas de un
puzzle; el brazo de ella rodeando la cabeza de él en
fuera de campo para hacer más memorable el momento
del beso; y el beso que se consuma con el inserto de una tarta
cremosa y bañada en leche, la misma tarta del plano
inicial, y también la misma música: ‘The
Story’, de Norah Jones.
Cuentan que cuando ‘My Blueberry
Nights’ se presentó en Cannes algunos críticos
la tildaron de caramelo vacío, como si debajo
de ese bonito envoltorio no hubiera nada. Pues bien, ojalá
todos los caramelos vacíos dejaran tan buen sabor de
boca como éste.


|