
Tideland, una película
de Terry Gilliam
Hay pocas películas capaces
de sacudir nuestra conciencia hasta hacernos dudar de si lo
que estamos viendo en pantalla es atribuible a la malicia
del director o a nuestra mente retorcida. Tal es el caso de
‘Tideland’,
el último experimento de Terry
Gilliam, una suerte de ‘Alicia
en el País de las Maravillas’ pasado por
el tamiz de las drogas y la locura, todo ello enmarcado en
un recóndito paraje del sur de los EE.UU. que remite
al ambiente lóbrego de ‘Psicosis’
y a la soledad de las pinturas de Edward Hopper.
Estos dos temas, drogas y locura,
no son nuevos en la filmografía de Gilliam; antes bien,
se diría que son sus particulares demonios, esas obsesiones
que le acechan en cada esquina y de las que no puede librarse.
En la totalidad de sus películas, de uno u otro modo,
se hallan presentes. Baste recordar los delirios alucinógenos
de Johnny Depp y Benicio del Toro en ‘Miedo
y asco en Las Vegas’, un homenaje al padre del
periodismo gonzo, Hunter
S. Thompson, o el manicomio –hoy lo llamarían
sanatorio mental–
de ‘Doce Monos’,
donde un enajenado e hiperactivo Brad Pitt contagiaba a Bruce
Willis sus apocalípticas –y no tan descabelladas
en el fondo– paranoias sobre el fin de la humanidad.
Por lo que se refiere a su argumento,
‘Tideland’ recurre a varios tópicos del
género de terror, como son la casa de madera abandonada
y destartalada, el
ambiente endogámico y malsano y los personajes perturbados
con aficiones tan comunes como la taxidermia, el embalsamamiento
o los animales disecados. La película está basada
en una novela de Mitch Cullin, pero si hubiera sido de Robert
Bloch nadie habría notado la diferencia. Ahora bien,
lo que le da un toque especial es su naturaleza de cuento
de hadas macabro, con escenas de una imaginación bizarra
y desbordante a la que ya nos tiene acostumbrados su autor
–y que en ocasiones devienen excesivas e irritantes,
como en la abigarrada fábula futurista ‘Brazil’–.
El miembro americano de los desaparecidos
Monty Python es, qué duda cabe, uno de los escasos
directores que cuentan con un imaginario fácilmente
reconocible. Otros cineastas con universos creativos paralelos
al suyo son David Lynch, Tim Burton o Jean-Pierre Jeunet.
Este último es probablemente el que más se le
parece, por su destreza a la hora de combinar elementos infantiles
con destellos perversos. Ambos comparten un gusto irracional
por animar objetos y personificar animales, como en ‘Amélie’,
así como una querencia por los regüeldos y las
flatulencias que a mí, personalmente, me parece que
están de más. Respecto a Burton, decir que la
banda sonora de Michael y Jeff Danna se asemeja a las que
compuso Danny Elfman para películas como ‘Eduardo
Manostijeras’ o ‘Sleepy Hollow’.
‘Tideland’ es una película
que transmite mucho más por cómo está
rodada que por lo que cuenta, hasta el punto de que es una
lección magistral sobre cómo colocar la cámara.
Todos los tiros de cámara responden a una intención
artística, como ese plano en el que se nos muestran
en primer término las cabezas decapitadas de las muñecas
apoyadas sobre un peldaño de la escalera y el resto
de la habitación al fondo, con el cuerpo yerto y abotargado
de Noah apoyado en la mecedora y el polvo cubriendo toda la
estancia. La
fotografía de Nicola Pecorini es de una belleza límpida
y luminosa, acorde con el esplendor de los campos de trigo
–en contraste con la sordidez de la historia, que para
otro director hubiera demandado unos matices más oscuros
y menos acrisolados–, tanto en los espacios exteriores
como en los interiores. La composición de los planos
y el sesgo, así como su oscilación, agudizan
el desequilibrio mental de los personajes. La profundidad
de campo y los travellings agilizan la narración, dotándola
de una enorme potencia visual.
En el capítulo interpretativo,
Jeff Bridges vuelve a trabajar
con Terry Gilliam después de ‘El
rey pescador’, aunque su personaje, Noah, se
parece más a El Nota, el por muchos adorado hippie
de ‘El gran Lebowski’. Lo cierto es que es un
actor que se presta bien al oscuro universo de Gilliam, y
está impecable en su papel de padre modélico
adicto a los chutes de heroína y a los paraísos
artificiales con viaje sin retorno. A Jennifer
Tilly también le viene que ni pintado el rol
de madre desquiciada y drogadicta. Sin embargo, la estrella
de la función es la jovencita Jodelle
Ferland, auténtica protagonista de la película,
y quien tiene la responsabilidad de cargar con todo el peso
dramático de la historia. Su interpretación
de Jeliza-Rose, una niña atrapada en un mundo de fantasía
ciertamente enfermizo, con desdoblamiento de la personalidad
incluido, es más que elogiable.
Aunque ‘Tideland’ contiene
abundantes elementos dramáticos, su verdadera naturaleza
es la de comedia negra. Está claro que Terry Gilliam
se ríe irónicamente de la estricta moralidad
burguesa y de la gazmoñería y el puritanismo
propios de la sociedad americana, jugando a su antojo con
las convenciones socialmente aceptadas y presentándonos
como un juego de niños actos de indudable inmoralidad.
En cierto sentido, un niño, con su mente pura e inmaculada,
entendería mejor que un adulto, constreñido
por tantos prejuicios sobre el sexo y la muerte, las extrañas
relaciones que se dan entre Jeliza-Rose y Dickens, el chico
deficiente y epiléptico al
que le han extirpado una porción de cerebro y cuyo
nombre a buen seguro proviene del imperecedero autor de ‘Cuento
de Navidad’. En su malévola jocosidad, Gilliam
sólo sugiere, dejando que sea el espectador el que
culmine con su imaginación la aberración que
está a punto de perpetrarse, pero que nunca se perpetra.
El adelantarse con la imaginación propia a los sucesos
que la imaginación ajena pone en escena te mantiene
en un constante estado de tensión que hace que el ritmo
de la narración nunca decaiga, aun cuando el metraje
del filme está un tanto inflado. Eso es lo que hace
de Terry Gilliam un autor-demiurgo: manipular –en el
buen sentido de la palabra– al espectador.
Jeliza-Rose es tan cándida
y pura que aún no ha adquirido la noción de
muerte. Incluso cuando su padre es un cadáver frío
y putrefacto o una momia de piel tirante –precisamente
en aquello a lo que aspiraba a convertirse Noah; ironía
del destino– sigue tratándolo como a un ser vivo,
y continúa con su habitual regocijo como si nada hubiera
ocurrido, abriendo sus ojos a las maravillas y miedos que
la vida le ofrece. De otro lado, para subrayar la inocencia
de las relaciones que mantiene con Dickens, Gilliam hace que
este personaje, debido a su retraso, tenga la mentalidad de
un niño de 10 años, con lo que las relaciones
son de igual a igual, entre dos seres que viven su despertar
sexual, y donde la iniciativa recae del lado de ella. Lo dicho,
un juego cómicamente perverso del autor.
Si se analiza bien, todos los cuentos
infantiles tienen algo de perturbador o terrorífico,
pero algunos directores, buceando en el subconsciente freudiano,
han sabido crear fábulas que sacan a la superficie
esas pulsiones de vida y muerte –Eros y Tánatos–
que laten en su interior. Un buen ejemplo de ello es ‘Terciopelo
Azul’, de David Lynch, que puede interpretarse como
una versión siniestra de ‘Hansel y Gretel’;
o ‘Mulholland Drive’,
otra vuelta de tuerca a la novela de Lewis Carroll. No es
un secreto que ‘El Mago de Oz’ es la obra más
influyente de toda una generación de cineastas americanos,
desde Francis Ford Coppola a David Lynch.
Por seguir con los cuentos infantiles,
no deja de tener su gracia que la anterior obra de Terry Gilliam
fuera ‘El secreto de los
hermanos Grimm’, una película alimenticia
concebida como mero pasatiempo y sustento de proyectos más
personales y arriesgados como esta ‘Tideland’,
un previsible batacazo comercial que tampoco ha gustado a
la crítica acomodada –como era de esperar, por
otra parte–.
Sólo me resta decir, para poner
punto final a esta crítica, que ‘Tideland’
no es plato de todos los gustos, pero que posee suficientes
virtudes como para atreverse a sumergirse en ese Océano
de los Cien Años que plantea Terry Gilliam,
toda una provocación –inteligente, eso sí–
a las mentes bienpensantes. Un director que hace declaraciones
como que “lo que más
intriga de las películas que hago es mi suposición
de que hay gente inteligente en el planeta” o
“quiero que la gente diga
de la película o que es genial o que es una mierda”
merece un reconocimiento.


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