
2001: Una Odisea del Espacio,
una película de Stanley Kubrick
Anticipándose en un año
a la llegada del hombre a la Luna, Stanley
Kubrick izó la bandera en suelo selenita con
‘2001: Una Odisea del Espacio’,
dignificando, al mismo tiempo, un género, la ciencia
ficción, hasta entonces depauperado. Con la inestimable
ayuda de Arthur C. Clarke, quien, en un proceso
creativo insólito, escribió la novela a la par
que colaboraba en la redacción del guión, el
cineasta neoyorquino se columpió en el firmamento cinematográfico
y se abrió camino rumbo a la Puerta
de las Estrellas. Siguiendo la estela de su aventura
de proporciones homéricas, otros directores como Andrei
Tarkovski y Ridley Scott se lanzaron a la conquista del espacio
como epígonos de Yuri Gagarin o Neil Armstrong, sepultando
así los últimos vestigios de la space
opera. Lejos de perpetuarse como un coto privado de
quinceañeros y platillos volantes, la sci-fi devino
en campo abonado a la filosofía. Por fin la ciencia
ficción había alcanzado su madurez.
En una nueva muestra de hasta dónde
podía llegar su ambición, Kubrick concibió
‘2001: Una Odisea del Espacio’ como una experiencia
visual que trascendiera las limitaciones del lenguaje:
2001
es una experiencia no verbal: de dos horas y 19 minutos de
película, sólo hay un poco menos de 40 minutos
de diálogo. Traté de crear una experiencia visual
que trascendiera las limitaciones del lenguaje y penetrara
directamente en el subconsciente con su carga emotiva y filosófica.
Quise que la película fuera una experiencia intensamente
subjetiva que alcanzara al espectador a un nivel interno de
conciencia como lo hace la música.
No le hicieron falta didascalias para
mostrar, que no explicar, la evolución desde el
amanecer del hombre hasta la aparición de
los primeros signos de inteligencia, siempre ligados a la
lucha por la supervivencia. Tan hostil es la charca que se
disputan dos tribus enfrentadas de homínidos como los
confines del espacio, gélido e insondable. El hueso
de jumento lanzado al aire por un antepasado no tan lejano
como nos gustaría creer, transformado a la sazón
en nave espacial por obra y gracia de la elipsis más
memorable del cine, es tan sólo el epítome del
discurso que propone el director nacido en el Bronx.
Nunca
antes el cine se había fusionado tan bien, como un
ensamblaje de la Estación Espacial Internacional, con
dos estratos fundamentales del saber humano como la filosofía
y la música. La teoría del superhombre
de Nietzsche vibra en el
monolito en el instante en que comienza a sonar el preludio
de ‘Así Habló
Zaratustra’, de Richard Strauss, cuando se produce
la alineación de los tres cuerpos celestes (Tierra,
Luna y Júpiter). El astronauta Dave
Bowman (Keir Dullea), a su vez, se convierte en feto
de las estrellas al final de la misión Júpiter,
ejemplificando la última etapa de la evolución
auspiciada por ese loco genial oriundo de la Bactriana.
Para el filósofo de Röcken
el hombre tenía que tender puentes hacia el superhombre.
Para alcanzar ese grado de perfección debía
escalar tres peldaños. El primero lo representa el
camello, que carga sobre su joroba con el peso de la existencia.
El camello sería el mono antropomorfo que sufre los
ataques de animales más feroces, como el tigre, ante
los que no puede defenderse. El segundo escalafón viene
dado por el león, que se distingue por la agresividad
y por el poder que entraña el uso de la fuerza. El
león sería esa primera chispa de inteligencia
que brota en el cerebro del homínido que aprende a
usar un hueso como arma, uso que marcaría su transición
hacia el homo habilis, y
de ahí sólo habría un paso hacia el homo
sapiens y la reproducción de la guerra en el
espacio. Por último, el tercer peldaño lo constituye
el bebé nonato, cuya burbuja o placenta le aísla
y protege de las normas sociales, requisito indispensable
para cambiar el orden establecido y crear así un nuevo
mundo. El starchild en el
que se transforma Bowman se encamina a la Tierra con intenciones
inescrutables, pero que en la novela, más explícita
que la película, se adivinan beligerantes. Su mirada
en el último plano enlazaría con el primer plano
de Alex De Large, protagonista de ‘La
naranja mecánica’, como una continuación
lógica del enfant terrible
que subvierte las convenciones sociales.
Aunque
Arthur C. Clarke escribió el libro y el guión
a la vez, partió de un relato corto titulado ‘El
Centinela’, que ya contenía la idea de
una civilización extraterrestre que rastreaba la aparición
de señales de inteligencia por todo el universo. Así
nació el monolito, en el que muchos han querido ver,
espoleados quizá por el consumo de sustancias psicotrópicas
de la época hippie, la representación de un
micropunto, lo que explicaría el viaje lisérgico
de Bowman. Clarke se comprometió a no publicar la novela
hasta que se estrenara el filme.
Con ‘2001: Una Odisea del Espacio’
Kubrick rompió, no ya sólo con las convenciones
narrativas –la presencia de diálogos es testimonial–,
sino también con el uso establecido de la banda sonora.
Su innovadora propuesta formal sólo encuentra un lejano
parecido en el primer plano de ‘Ciudadano Kane’,
con el cartel “No Trespassing”
colocado en la verja del palacio Xanadú, así
como en la cuchilla de afeitar que corta un ojo en ‘Un
perro andaluz’, de Luis Buñuel. También
fue pionero en la inclusión de partituras clásicas,
que en esta película cobran la forma de ‘El
Danubio Azul’, de Johann Strauss II; del Adagio
del ‘Gayane Ballet Suite’, de
Aram Khatchaturian; y del ‘Lux Aeterna’,
de György Ligeti; entre otras. Inolvidable el vals de
las naves espaciales alrededor de la órbita terrestre.
En un cambio de última hora,
el director decidió prescindir de la música
creada para la ocasión por Alex North,
quien ya había trabajado para él en ‘Espartaco’.
Años más tarde, el compositor pudo ver cumplido
su deseo de publicar su banda sonora al margen de la película
que tanto dolor le había causado.
Después de ‘¿Teléfono
rojo? Volamos hacia Moscú’, Kubrick
volvió a retomar la lucha entre el hombre y la máquina.
La bomba atómica sobre la que cabalgaba Slim Pickens
es reemplazada aquí por la computadora HAL
9000, un personaje humano,
demasiado humano. Una vez más, el cineasta norteamericano
fue un visionario, hablando de inteligencia
artificial –título del proyecto que legó
a su amigo Steven Spielberg– a finales de los sesenta,
cuando era prácticamente una desconocida. HAL es el
hijo pródigo que se rebela contra su creador, como
Roy Batty contra Tyrell en ‘Blade
Runner’, al temer por su propia existencia. Se hace
preguntas sobre su devenir, mostrándose como un discípulo
aventajado de Heráclito. Frente a la frialdad casi
inhumana de Frank Poole (Gary Lockwood) y
Dave Bowman, la computadora siente miedo ante el incierto
futuro que le deparará la misión Júpiter.
La secuencia en que lee los labios de los astronautas mientras
planean dentro una cápsula cómo dejarle fuera
de combate ha pasado a la posteridad. Al
igual que los homínidos y que todos los demás
seres vivos, HAL lucha por su supervivencia y, así,
no titubeará en cobrarse la vida de Poole arrojándolo
al vacío sideral cuando éste sale a arreglar
la antena. Su trágica desconexión a manos de
Bowman –la venganza es un plato que se sirve frío–
hace que involucione hasta una forma primitiva, recordando
su nacimiento (Illinois, 1992) y entonando ‘Daisy’,
una canción infantil, con voz plañidera y herrumbrosa,
su canto del cisne. La voz de HAL 9000 es la de Douglas Rain,
en el original.
Era bien conocida la afición
de Kubrick por el cripticismo. En este sentido, mucho se ha
especulado sobre el significado de las siglas HAL. Prevalece
la interpretación según la cual es una derivación
de IBM, formada por las letras que le preceden
en el abecedario. Aunque el director lo desmintió,
aduciendo que era el acrónimo de Heuristic
Algorithm Logarithmic, lo cierto es que una casualidad
como ésa parece improbable en una mente tan milimétrica
como la suya. Por otra parte, esta suerte de publicidad soterrada
respondía a la hegemonía de esa marca comercial
en el mercado de la informática.
Que ‘2001: Una Odisea del Espacio’
está relacionada con el famoso poema homérico
queda de manifiesto en su propio título, pero hay muchos
más detalles que apuntan en esa dirección. Bowman,
el Arquero, es un personaje de ‘La Odisea’,
y además lee durante su singladura este clásico
imperecedero. El ojo rojo de HAL 9000 es el ojo del cíclope,
que todo lo observa. La Discovery es como el bajel en el que
Ulises surca los mares persiguiendo el sueño de Ítaca.
‘2001: Una Odisea del Espacio’
reúne todos los requisitos para ser analizada a la
luz del ‘Viaje del héroe’,
de Joseph Campbell, y del ‘Monomito’,
de Christopher Vogler. Hay un héroe,
Dave Bowman; un mentor, el monolito; una ordalía, el
enfrentamiento con HAL; y un retorno con el elixir, el superhombre.
La
imperfección de lo perfecto es otra de las obsesiones
de Kubrick. En ‘Atraco Perfecto’
un plan en apariencia sin fisuras se iba al traste en el último
momento por algo tan insignificante como el ladrido de un
perro. En ‘2001: Una Odisea del Espacio’ la infalible
computadora HAL 9000 empieza a errar en sus diagnósticos
precisamente porque se siente humana. Eso sí, no perdona
cuando juega una partida de ajedrez. Hombre y equivocación
son dos palabras indisociables para el genio neoyorquino.
Los decorados asépticos recuerdan vagamente al art decó, excepto la habitación Luis XVI donde Bowman envejece, que es de composición manierista. La frialdad, por lo tanto, no sólo se percibe en el espacio, sino también en ese futuro dominado por la tecnología. Todas las relaciones humanas son frías, tanto en la Estación Espacial, como en la Base Lunar Clavius, como en la Discovery. Incluso la llamada telefónica del doctor Heywood Floyd a su familia es lacónica. Los alimentos tienen una textura plastificada que despierta más indiferencia que apetito. Es, en definitiva, una sociedad esterilizada.
No
hay mucho que decir sobre la fotografía de Geoffrey
Unsworth, salvo que es maravillosa. Los travellings
dentro de la Discovery, con su cilindro centrífugo,
son toda una lección de cine. La ingravidez está
representada por un hieratismo en los movimientos. Los asombrosos
efectos especiales le valieron a Kubrick su único Oscar,
aunque contó con la ayuda de Douglas Trumbull,
autor de los efectos de ‘Blade Runner’. George
Lucas tomó buena nota de ellos para preparar ‘La
Guerra de las Galaxias’.
‘2001: Una Odisea del Espacio’ fue la última película de Kubrick para la Metro Goldwyn Mayer y la primera de su gran etapa creativa, que continuaría con ‘La Naranja Mecánica’ y finalizaría con ‘Barry Lyndon’.
Seguro que Neil Armstrong convendría conmigo en que ‘2001: Una Odisea del Espacio’ fue un pequeño paso para el cine, y un gran salto para la ciencia ficción.


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